La ciudad de la luz X

Pablo Porto y el Hombre Araña de Las Magnolias

domingo, 31 de octubre de 2021 · 08:06


Por Pablo Ramos 

Jueves por la mañana (por teléfono):
—Lo tengo en marcha, estoy solucionando una pérdida de aceite y te lo entrego.
—¿Entonces zafó?
—Sí, no pasa nada.
Jueves por la tarde (en el taller):
—Quedó bien.
—¿Cuánto te debo?
—Esto son 14.900.
—Te dejo tres lucas y media, mañana cobro y te saldo.
—No hay problema, Pablo.
—Gracias, Pablo. Pero, esperá: te debo lo del embrague todavía. ¿Cuánto era?
—No me acuerdo. 
Busca en las tarjetas de cartón del escritorio.
—El repuesto solo te salió cuatro lucas.
—Sí, ponele.
—¿Ponele qué?
—No sé, cinco lucas.
—Está loco. Y sos un genio. Dejate de joder.
—Chau, chau.
—Mañana te traigo el resto.
—Dale.
Viernes a la mañana (taller abarrotado de autos):
—Hola.
—…
—Holaaaá.
—…
De abajo de una 4 x 4 sale el empleado de Pablo. Es muy temprano, pero parece que hace un día que está laburando. Hace calor, mucho calor.
—Se fue a comprar un repuesto.
—Le traje diez lucas, ¿te las dejo a vos?
—Dajáselas a la piba, en la oficina. 
Voy a la oficina:
—Hola.
—…
—Holaaá.
Sale la piba.
—Hola, ¿quién sos?
—Pablo, el del 206, el que te dejó un chocolate una vez, ¿te acordás?
—Ah, sí, Pablo chocolate.
—Sí.
—Le dejo esto a Pablo: es re difícil pagarle, che. Aunque es tan buen mecánico que en verdad a veces no tengo cómo pagarle.
—Se lo digo.
—Mejor no, a ver si me aumenta los precios.
—Ja-ja.
—Ja-ja.

Todo esto fue en torno a Pablo Porto, un extraordinario mecánico y más extraordinaria persona aún que tiene el taller, el de la foto, ahí en Uruguay y Tratado, sobre Uruguay. Si vas por Tratado agarrás Uruguay quince metros de contramano y listo. Si no, tenés que dar toda la vuelta. Creo que como en Villa Morra casi todo es doble mano, estoy dando en este momento una novedad a los morrenses, seguro.

El hecho es que desde que vivo en Pilar, Pablo es mi mecánico. Me lo recomendó Luis Aguirre, mi maestro de tenis que ya no va a estar en el Sportivo, y que voy a seguir a donde le toque ir porque literalmente es un genio (y aclaro que lo voy a hacer sin dejar de ser socio del club. Hubo en estos días unos problemas importantes, pero las personas pasan y las instituciones quedan. Y yo soy de la idea, tirando a ideología, de apoyar a una institución como es el club de barrio, aunque a veces sus dirigentes hagan las cosas, no digo mal, pero sí digo desprolijas). Prosigo: tanto a Luis como a Pablo me es difícil saldarles las deudas. Pablo siempre se olvida tal o cual cosa que le hizo al auto, cosas que exceden a su taller, por ejemplo: acomodar el paragolpes trasero hecho pelota, colocar un espejo eléctrico nuevo que compre en MercadoCago, como le dice un amigo paraguayo. Y en este momento el embrague. Siempre tiene muchísimo trabajo atrasado que nunca en verdad se atrasa. Y siempre, también, se hace un espacio para atender mi coche. Su taller está impecable y él va de la computadora a los motores, a las cajas de cambios, a los trenes delanteros, a la oficina a comprar repuestos a mil por hora, sin parar, pero con una tranquilidad, al menos para afuera, que a mí me deja pasmado. Un crack el hombre, en todo el sentido de la palabra.

Lo que me pasó fue que el miércoles anterior a esos diálogos que transcribí acá arriba, yo había vuelto de la feria del libro del Bolsón, (¿recuerdan?, les mandé foto y todo); y en ese viaje con María habíamos hecho muchos kilómetros en ripio. Rutas rotas de montaña obligadas para visitar esas cosas que hay que visitar, que tenemos que seguir visitando porque si no se las van a afanar los chilenos, ya saben. Y se aflojó algo, en el auto, y en mí seguro también. Pero hablemos del auto. Y este miércoles, yendo a Buenos Aires, a la altura de Torcuato veo que el termómetro está en cero: mala señal, pensé. Bajé de la autopista y encaré la vuelta, sabiendo que en velocidad al menos el aire refrigeraría bastante. A la altura de la bajada de Derqui-Villa Rosa lo sentí achancharse y me salí con la intensión de entrar en la YPF de Las Magnolias, a la entrada de Las Palmas. Como ese giro es infinito, a la cuarta vuelta de semáforo el auto se paró, la computadora lo paró. Es un Peugeot 206, tres puertas, con techo corredizo, tal como siempre me gustan. Y aunque es 2006, ya trae una computadora importante que me salvó de fundir el motor, porque de ser por mí lo uso hasta convertir el aluminio del block y cacerolas y tarritos para hervir huevos. Me quedé.

La gente empezó a putearme, dos hombre y tres mujeres; de los cinco, cuatro era camionetas grandes. Me putearon normalito, menos una de las mujeres que me gritó algo muy feo que no voy a reproducir para salvarla. Intenté empujar, pero era cuesta arriba. Levanté el capó y el auto estaba al rojo. Nada de agua en la cubeta del agua. Algo que yo había hecho arreglar por Pablo antes del viaje: no podía ser. Le hice señas al de la YPF para que me trajera agua destilada, el pibe macanudo me hizo señas de que esperara y ahí apareció el Hombre Araña de Las Magnolias. Limpia vidrios ahí; se ve que la tela de araña está por las nubes, debe cotizar en dólares. Y el Hombre Araña, enmascarado por supuesto, con cuarenta y cinco de sensación térmica, anda de acá para allá ofreciendo sus servicios de limpieza. Fue él el que me trajo el agua destilada. Me la ofreció con un gesto, sin hablar, y yo la tomé. Con otro gesto me dijo que había que pagarla y le di la plata para que fuera a pagar. Corrió hasta la YPF atravesando los autos, claro. Se ve que mi percance le daba otra vez la posibilidad de ser un superhéroe y no un simple limpia vidrios. Los cinco litros de destilada pasaron de largo. Puse el auto en marcha (el 206 es y será uno de los mejores fierros de firma Peugeot, y al mío que es francés no lo cambio por nada). Le pasé dos bidones más, sólo para que bajara la temperatura y me llevara hasta el estacionamiento de la YPF.

El Hombre Araña me dijo, siempre por señas, siempre con la máscara puesta, que esperara e intentó parar, primero solo, luego ayudado por mí, alguna 4x4. En un momento mostré una linga que llevo siempre conmigo: el auto tiene gancho delantero y sería muy fácil arrastrarlo unos metros. Pero los conductores de las Amarok son un poco Amarrok, y ninguno se dignó a usar la potencia de esas monstruosas camionetas para ayudarme. Para justificar al menos un día el hecho de andar con semejante vehículo por los partidos del Pilar. Supongo que las usan como un sustituto del pene. Pene chico, auto grande, se solía decir antes. Pero son sólo suposiciones. Las camionetas pasaban a toda velocidad y parecía como si yo estuviese agitando una serpiente de cascabel en vez de una linga, de hecho un conductor casi lo pisa al Hombre Araña. Ahí me di cuenta de porqué no hablaba conmigo. Gritó una onomatopeya que quiso decir “Hijo de puta”, pero con esa voz que tienen los sordos, esa voz que ellos no pueden oír y que por eso suena como gangosa. Pero clara para mí en este caso particular.

El auto se enfrió y, más allá de la tremenda calentada, llegó a la YPF. Fue ahí que lo llamé a Pablo. Él me dijo que lo remolcara y esperé el remolque de la empresa SOS durante 4 horas de calor extremo, sin poder moverme porque una máquina me había dicho expresamente lo siguiente: “el auxilio puede llegar dentro de los 254 minutos, no se mueva de al lado de su vehículo”.
Pregunta práctica: ¿Por qué lo miden en minutos si son más de cuatro horas? Pregunta existencial: ¿Por qué son tan hijos de puta cuando alguien que paga puntualmente mes a mes por una vez los necesita realmente?
Respuesta: Porque son unos hijos de puta las 24 horas del día los 365 días del año.

Lo bueno es que no esperé solo. Conversé con el Hombre Araña. Él me dio agua de uno de los bidones de la destilada pero con jugo Tang de pera. Bien helado porque saca hielo de la YPF. Y el pibe de la YPF puso mi gorra Nike varias veces entre los rolitos para que yo pudiera mantener la cabeza fría. El Hombre Araña no me dijo de dónde es, pero vive por el centro de Derqui. Es sordo, se le entiende poco, y por más calor que haga prefiere estar enmascarado. Eso se lo entendí. Prefiere una careta de superhéroe de ficción a la careta que la gente se pone para vivir despreocupada de los demás. Eso no me lo dijo, pero me di cuenta solo.

Ese miércoles, como nunca, entendí eso de los dos Pilares de lo cual me habla siempre mi compañera María. El Hombre Araña y Pablo Porto son Pilares de verdad, como Luis Aguirre, como las chicas de los merenderos y comedores que ahora van a ser narradas todos los miércoles por María en este mismo diario, no se lo pierdan.

Pero acá estoy. Otro sábado tranquilo, menos calor, el auto arreglado. Termino esta crónica sobre la hora. Hoy me levanté cansado pero fui a ver si podía sacarme una foto con Pablo. El taller estaba cerrado y saqué esta foto de la puerta. Ahora en un rato voy a tratar de ir a ver al Hombre Araña, a darle una plata para que se morfe algo rico este sábado, o se tome unos vinos, lo que quiera. A pedirle que por favor no nos desampare.

Esta mañana, antes de llegar al taller de Pablo, vi cómo una mujer morocha de unos 40 años corría desesperada para alcanzar al 501-503. Le hizo señas, el tipo doblaba porque la Tratado está cerrada por un cartel de control que están colocando. El chofer la vio, es claro que la vio. No sólo no le paró sino que casi la pasa por encima. Sábado 30 de octubre 2021, las 11:05, interno 3. Esto es por si lo estás leyendo, pedazo de animal. Por suerte atrás venía un compañero tuyo. Paró donde no corresponde pero hizo lo que corresponde: dejó subir a la mujer.

Dos Pilares. Sólo nos queda elegir de qué lado queremos estar, cada día, para que el lado bueno se agrande. l

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Satisfacción
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Esperanza
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Incertidumbre
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Indiferencia

Comentarios

31/10/2021 | 10:34
#1
Excelente nota.Triste la existencia de dos pilares, pero cierto.Pero no perdamos la esperanza y aportemos nuestro granito de arena.El articulo es tu granito de arena.