Literatura

Lejana Buenos Aires (segunda entrega)

viernes, 29 de octubre de 2021 · 07:55

Por Mauro Peverelli

Quedamos en volver a vernos. Al día siguiente ella se iba de vacaciones, con los padres, y no volvería por un par de semanas. Pilar, en aquellos años, se debatía en el eterno dilema de concebirse a sí mismo como una ciudad o como un pueblo. Escribo eterno dilema porque me da la sensación que, a medida que pasa el tiempo, esto se sostiene en la compleja identidad del lugar. Recién comenzaba la explosión demográfica que provocaba el asentamiento masivo de los llamados barrios cerrados. La ciudad, el pueblo, ¿se aislaría o se integraría a ese nuevo formato al que se enfrentaba? ¿Lo sabemos hoy, en realidad?

En mañanas lluviosas como esta, por lo general, no salgo del departamento. Me pongo a observar por la ventana. Es un contrafrente gris y silencioso. Sólo se aprecian las entrañas de la ciudad. Tabicado y caprichoso laberinto de cemento donde la mirada apenas avanza a los tropiezos. Por encima de las construcciones, de la espalda de las construcciones, emerge, dificultosa, como quien se desespera por tomar aire de la superficie cuando estuvo demasiado tiempo sumergido en el agua, una de las cúpulas que coronan las cuatro esquinas del pasaje Rivarola, esa cuadra increíble que tiene el centro de Buenos Aires, con su simetría rigurosa, sus balcones de hierro, su antigua relojería, y que fuera locación, tantas veces, de escenas memorables para películas de época. A veces pienso que la vida cotidiana en la ciudad es así, como la veo yo esta mañana de lluvia por la ventana. Se vive a las apuradas, detrás de compromisos y de obligaciones. Un presente inmediato que se revela gris y atropellado. Muchas veces ingrato. Sólo se consigue ver, en los escasos momentos en que las obligaciones dan respiro y se levanta la cabeza, en clara señal de un creciente hastío, el lejano y tembloroso resplandor de la belleza. Si no se lo hace, si no se levanta la mirada para apreciar, aunque sea, que la ciudad tuvo otro tiempo, otra vida, la impresión que queda es sólo la de un lugar que ha perdido la gracia, que sus dioses han partido al exilio, como en el raro y hermoso libro de Heine.

Habíamos pasado la noche hablando de libros y de música. Miguel Abuelo había vuelto al país hacía un tiempo y su banda, Los Abuelos de la Nada, sonaba en cada parlante donde los jóvenes se reunían. Llevaba en el bolsillo de mi campera, con los vértices de la tapa estropeados por el manoseo, y sin terminar de leer, una edición de El astillero, de Onetti. Estuve un largo rato hablando fervorosamente de ese libro. Pienso, ahora, que se me notaría el excesivo entusiasmo en la cara. Malena sonreía al escucharme. A veces acotaba algo que aclaraba las confusas nociones que yo hacía tropezar con mi alocada verborragia. Empecé a pensar, en algún momento, que conseguiría volver a verla si le prestaba el libro. Leelo y lo conversamos, le dije. Ella lo agarró. Hizo correr unas páginas y leyó, casi en el final: De pronto Petrus se echó hacia atrás y la piel de su cara se fue estirando con precisión sobre los menudos huesos. Por un momento Larsen estuvo seguro de que la cabeza se erguía muy lejos de la penumbra del cuarto, en un clima de intolerable cordura, en el mundo antiguo y perdido.

Yo no había llegado hasta esas páginas. Bromeamos con la idea de que conocería el final antes de terminar de leerlo. Con qué facilidad se encuentran, cuando se es joven, las palabras, las expresiones que solas, sin esfuerzo, consiguen edificar esos momentos de comunión y de empatía, sostenerlos en el aire. A veces basta con una mirada, una sonrisa. Solo eso los alimenta, los perpetúa.

Abro la computadora y escribo, me pregunto: ¿Era igual para ella? ¿Estaba ahí, tan cerca? Creo que nunca sabemos eso. Y es de eso, en realidad, de lo que se trata. Escribo, también, solo para no olvidarlo, que un mes después encontré a Charly en Oggi, ocupaba una mesa en la vereda. Tomaba un Paraná on the rock, que era como él llamaba al vaso de agua con hielo. Oggi era un pub que había frente a la plaza. Los memoriosos aún lo recuerdan. Estaba al lado del cine Gran Rex, que a su vez estaba donde hoy hay una casa de electrodomésticos. Era propiedad de un tano con aspecto de bon vivant al que siempre se lo veía en una de sus mesas. Se fue, me dijo Charly y le dio un trago a su vaso de agua; solo un sorbo, como si tomara gin o vodka. ¿Cómo que se fue, no había vuelto hace unos días, de las vacaciones? Así es la vida chabón, dijo con afectación y volvió a apoyar el vaso sobre la mesa. Se mudó, el padre consiguió un laburo en Venezuela en Ecuador... no me acuerdo dónde me dijo; te dejó un libro en casa, andá a buscarlo después.

A la tarde salgo del departamento. Ya no llueve. Camino hacia la avenida de Mayo. Me paro en la esquina de San José y la avenida. La tarde está nublada, penumbrosa, casi anochecida. El potente haz de luz que gira, incansable, en el faro que corona la cúpula del Palacio Barolo, se va recortando -como si las golpeara- sobre las nubes bajas que ya oscurecen el cielo.

No fui a buscar el libro de Onetti a lo de Charly. Años después volví a comprarlo en la librería Nueva Era, que es la misma que hoy se llama Todo Libro. Estaba en un local sobre la misma calle donde se encuentra hoy, Ituzaingó, pero algunas cuadras más atrás, antes de que Ituzaingó se convierta en Tomás Márquez.

La olvidé, por completo. La memoria es la mano de un ciego que va palpando los objetos con cautela, con mesura. Busca avanzar, encontrar algo, pero, ante todo, busca no quemarse. Es impensado el acto, el hecho o la circunstancia que nos reencuentra con aquello que, durante tanto tiempo, nos escondió la memoria. Hay excepciones, por supuesto. Julien Sorel, el personaje de Rojo y Negro, en la novela de Stendhal, recuerda la biblia de memoria. El Funes de Borges lo recuerda todo. Se dirá que son personajes ficticios. Puede ser. Onetti solía decir que creía más reales a los personajes Balzac, de Faulkner, de Dostoievski, que a cualquiera que se cruzaba por la calle.

El olvido, pienso, es más complejo. Una imagen, una melodía, un perfume, un texto; los conectores neuronales que activan estos fenómenos, la energía que los recorre, en su camino rumbo a la imagen a la que se dirigen, rozan otros conectores y encienden, de pronto, el resplandor de una imagen olvidada. Así volvió Malena con el tiempo. El soplo lejano de unas palabras perdidas rozó, para despertarlo, el sitio donde reposaba, intacto, su recuerdo dormido. 

6
2
60%
Satisfacción
0%
Esperanza
0%
Bronca
0%
Tristeza
0%
Incertidumbre
40%
Indiferencia

Comentarios