La ciudad de la luz IX

Réquiem para un laburante

domingo, 24 de octubre de 2021 · 08:16

Dedicado al gallego Alfonso: un hermano de los grupos de N.A. que hoy viene ganándole una batalla al cáncer, sin quejas, sin pesimismos, con esa alegría con que los grandes seres humanos pelean las batallas fundamentales de la vida.

La aclaración
La lluvia más unos apuros familiares de hoy sábado 23 de octubre terminaron por complicar mi posibilidad de encontrar la crónica callejera que esperan de mí cada domingo. El asunto es que, estuve nueve días en el sur donde todo fue más que maravilloso y a donde seguramente volveré seguido. Pero llegué a casa unos días después de lo previsto, y tras haber manejado 1.500 kilómetros de un tirón en una ruta mano y contramano, con algún problemita de alternador siempre en la seca ruta del desierto (198 kilómetros en línea recta de arena, arena y más arena), caí en la cama casi un día entero de cansancio abrumador. Pero llegué a casa. Y el agradecimiento esencial que quiero darles es que (noten esto por favor) me refiero a Pilar como Casa. Mi casa. Y un hogar, una casa a donde llegar, una casa en donde me esperen lo objetos y los recuerdos, el trabajo y el descanso, el amor y las dificultades del amor, la alegría y las tristezas de la vida, es todo lo que un hombre, al menos un hombre como yo, necesita para vivir. Acá va entonces este cuento: inédito en medios hasta hoy. Presente en mi libro Hasta que puedas quererte solo.

El cuento
Eran casi las cuatro y con la excusa de un almuerzo tardío, me fui para lo de Alfonso. Sabía que su padre andaba mal, que ya no tenía esperanzas. Y aunque me sentía avergonzado por no haber aparecido en mucho tiempo, tenía la tranquilidad de saber que Alfonso me entiende, de que me quiere a pesar de esa incapacidad que tengo de estar cuando más se me necesita.

Yo terminaba a duras penas una novela sobre mi padre, él lo sabía. Y sabía toda la vida que se me estaba yendo en ese libro. Porque fue una relación difícil, igual que la de él con el suyo, José, un padre como mi padre, que fue el que empezó hace casi cuarenta años con el boliche (un puesto en realidad, el 07, que está sobre la plazoleta de la estación Federico Lacroze, subte B) y que hacía un tiempo ya que Alfonso lo había heredado por destino.

Caminaba, dije, en medio de lo de siempre: viento, sonido de ramas a merced del viento, calma de cementerio a esa hora de un día de semana a la tarde.

Un hombre inclinado sobre una tumba cambiaba flores. Hablaba con el recuerdo de alguien. Yo pensaba en mi padre, en el padre de mi amigo, en mi amigo, en mí. En el único premio que puede recibir una persona si hizo las cosas más o menos bien para unos pocos: alguien inclinado, una plegaria humana, un monólogo acostumbrado, aparentemente frío. El acto doméstico, universalmente repetido, de reemplazar las flores de su tumba.

Llegué y de lejos me di cuenta de que Alfonso no estaba (cuándo él no está todo parece más lento detrás del mostrador). Pregunté, y un morocho me dijo que había tenido que irse de apuro a la clínica. Dudé en ir, dudé en no ir (en estos casos, casi nunca puedo escuchar lo que me dice el corazón), pregunté y el morocho me dijo que no.

«No quiere ver a nadie «me dijo.
«Dame un papel que le escribo una nota.

Me dio una servilleta y una Bic azul. Le escribí que había venido, que quería saber bien lo del padre, que me llamara, que no tengo crédito para comunicarme a un celular, que lo extraño y que lo quiero. “Te quiero, loco” son las palabras exactas que puse. Abajo, mi número de teléfono, aunque él lo tiene, por obsesivo nomás.

Entonces pasa: casi no termino de escribir que el morocho vuelve y me encara. Movía la cabeza.
%Murió, flaco «me dice», me acaban de avisar que murió.

Exhalé eso que uno contiene en estos casos, arrugué el papel y lo tiré al piso. Ya no tenían sentido mis palabras. Unos segundos me quedé ahí, resbalando en mi impotencia. Entonces me di cuenta de que también le había puesto que lo quería. Y levanté el papel, lo estiré y le dije al morocho que igual se lo diera a Alfonso.

Fue al otro día que recibí su llamado. Le pedí perdón por mi ausencia. El me dijo que también me quería. Le expliqué el porqué de lo ambiguo del mensaje, esa casualidad tan escalofriante de que mientras yo lo escribía su padre estaba muriendo. Que por eso lo había arrugado, y que después decidí dejárselo igual.

«Es bien de escritor «me dijo Alfonso, y se rió. Le pregunté a que hora era la misa en el cementerio.«A las cuatro, en la capilla principal «me dijo.
«Ahí voy a estar, Alfonso.
«No te preocupes, pero cuidate, loco.
«Ahí voy a estar «insistí, y colgué el teléfono.
Tampoco fui al cementerio. 

Comentarios

24/10/2021 | 10:38
#0
¡Qué grata sorpresa encontrar que uno de mis escritores favoritos ande escribiendo por acá! Lo sigo desde que me rompió la cabeza con El origen de la tristeza y este domingo, justamente, se refiere al libro que me acompañó en el duelo por mi padre, Hasta que puedas quererte solo. ¡Gracias, Diario!