Lejana Buenos Aires

viernes, 22 de octubre de 2021 · 07:47

Por Mauro Peverelli

1. Suelo pensar que me mudé aquí, a la ciudad, sólo para ver si podía encontrarla. Buenos Aires es una ciudad increíble, la capital olvidada de un imperio inexistente la llamó Ortega y Gasset, en uno de sus viajes al país, a principios del siglo veinte. Camino por las veredas. Me protejo de la lluvia apretado contra las paredes, debajo de aleros y de balcones. No es la primera vez que me parece verla. Esta vez fue en la boca del subte, en la esquina de Córdoba y Callao. Malena. Me escuché pronunciando su nombre. Salí, sin pensarlo, de debajo de un toldo que me protegía de la lluvia. El tránsito en la avenida era mucho. Cuando conseguí cruzar, cuando las luces del semáforo me lo permitieron, ella, por supuesto, ya había desaparecido. Bajé corriendo las escaleras. Un tren se alejaba hacia la estación siguiente: Facultad de Medicina. El andén estaba vacío. Una sensación horrible. Me quedé, sin embargo, unos minutos allí abajo. Arriba seguía la ciudad, la lluvia, pero, ante todo, arriba persistía aquel mundo vacuo y estéril donde ella no estaba.

La conocí en Pilar, hace tantos años que me provoca pudor y vértigo ponerme a contarlos. Diré que éramos jóvenes. Solo eso, muy jóvenes. Es solo un poco de juventud lo que uno le pide a la vida, nada más que eso, reclama Ferdinand en el libro de Céline, Viaje al fin de la noche, acaso la mejor novela del siglo veinte. Malena había aparecido de golpe en mi vida, como un fogonazo, resplandeciente y efímera. La conocí en una fiesta, en la casa de un amigo en la calle Moreno, a dos cuadras de las cinco esquinas. En una de ellas, me acuerdo ahora, estaba la pizzería Fitipaldi. Abría hasta tarde y llevaba un poco de luz, de vida, al centro de un Pilar que se disolvía en una apatía nocturna que hasta hoy sigue aquejándolo. Ella es Lena, me la presentó mi amigo Charly Villegas. Me alcanzó un vaso de cerveza y le dijo a ella mi nombre. Con Charly habíamos cursado un par de años del colegio secundario. El Colegio Oficial, le decían en esa época. Estaba en la vieja casona de 11 de Septiembre y Lorenzo López. Hoy funciona allí una oficina pública. Helena, tartamudeé mirando extinguirse la espuma en mi vaso de cerveza. Como la de Grecia, la de la guerra de… Malena, me interrumpió ella y me dejó mascullando mis pretenciosos comentarios sobre un nombre que ni siquiera era el suyo. Fue cuando la vi sonreír. Levanté los ojos del vaso y allí estaba ese gesto que hoy vuelvo a recordar con precisión. Uno olvida muchas cosas, incluso cosas importantes, recorre el pasado, escarba con avidez en algunos momentos que fueron trascendentes, a veces con desesperación. Intenta recuperar un hecho, una cara, un nombre y, sin embargo, cuanto más nos esforzamos, aquello a lo que perseguimos con tanto empeño se hunde en una nebulosa de la que se niega a emerger por un tiempo que siempre es ajeno a nuestra voluntad, a nuestro deseo. Algunas otras, en cambio, se quedan para siempre apretadas en la memoria. No me sonreía a mí, a la torpeza de mis palabras, al barullo de la fiesta, a mi cara roja de timidez y vergüenza. Era una sonrisa que estaba mitad posada allí, en esto que acabo de enumerar, y mitad en otro sitio, en un lugar distante, ajeno a la grosería de los instantes que se desbocaban cabalgando sobre las notas de una música que nos gritaba desde los parlantes. Había una parte de ella que se ausentaba. Daba la impresión, al observarla, que allí, que ese lugar al que visitaban sus pensamientos, era un sitio infinitamente más interesante que aquél otro donde mi torpeza buscaba disimularse de cualquier manera.

Seguía lloviendo. Caminé por Callao en dirección contraria al tránsito. El chistido de los neumáticos, en contacto con el asfalto mojado, se volvía una especie de música de fondo, un sonido apagado, persistente, que se intensificaba cada vez que el semáforo daba paso al caudaloso tráfico de vehículos. Estaba anocheciendo. Las luces de la calle, de los negocios y de los autos y colectivos, se reflejaban en las veredas y en el asfalto mojado por la lluvia. Un hombre amontonaba sus cosas, encima de una cobija, y se preparaba para pasar la parte más helada de la noche en el interior de un cajero automático.

Esa noche hablamos, nos reímos, nos contamos cosas. Al despedirnos conseguí que me diera un beso. ¿Qué intento decir con estas palabras? No volví a verla, y, la única vez que lo hice, aquella noche en casa de Charly, tampoco se trató de un encuentro trascendente, donde dos jóvenes quedan prendados de una pasión irrefrenable. No, nada de eso, sin embargo hay algo, de aquél momento, que jamás se fue de mi conciencia, de mis pensamientos, un estado de perfección, de armonía, la impresión de estar, por un segmento de tiempo determinado, en una extraña y rara comunión con la parte exacta de placer, de felicidad que la vida, el mundo, nos tiene reservados. Estas cosas pasan, por supuesto. La vida sigue. Su curso muchas veces es un reptil ciego avanzando a impulsos y sensaciones. ¿Dónde está la impresión, la verdadera impresión que marca a fuego el decurso de una vida, el momento al que consciente o inconscientemente volvemos, o en el que estamos atrapados y no conseguimos librarnos nunca? No lo sé. Hace poco tiempo alguien, en Pilar, me dijo que Malena vivía en la capital, se lo habían contado, a la pasada, no sabía más que eso. No pasó un mes, de que me lo dijeran, y ya me había mudado a la ciudad. 

Me metí en el viejo bar Los Galgos, de Callao y Lavalle. Ya no es aquél viejo cafetín al que yo venía cuando era casi un chico y asistía al colegio industrial, el Alejandro Volta, que está aquí a una cuadra. Antes era un bar antiguo. Ahora lo han reformado para que parezca un bar antiguo. Los misterios de la época. Lo atendían, en aquellos tiempos, los hermanos Mendoza, dos hombres mayores, clásicos mozos de bares porteños. Uno a la mañana y el otro a la tarde. Estaban peleados hacía años y no se hablaban. Los dos tenían, con los clientes del bar, un trato seco, distante, pero cuando se hablaba de fútbol enseguida se quedaban, de pie junto a mi mesa, y allí arreglábamos el funcionamiento siempre defectuoso de nuestro querido equipo, del que éramos, somos hinchas. Se acercó una chica, muy amable, y me preguntó qué tomaba. Un café, le dije. ¿En jarrito? Esta es una pregunta que no existía en los bares porteños; no sé cuándo, en qué momento empezó a formularse. Antes sólo bastaba una seña a la distancia, con el dedo pulgar y el índice, y el mozo ya sabía de qué se trataba.

Miré por la ventana. La lluvia no había parado. Abrí el cuaderno y anoté: Suelo pensar que me mudé aquí, a la ciudad, sólo para ver si podía encontrarla. 

10
1
66%
Satisfacción
22%
Esperanza
0%
Bronca
0%
Tristeza
0%
Incertidumbre
11%
Indiferencia

Comentarios

22/10/2021 | 13:37
#1
Me estará buscando a mi?