La ciudad de la luz VII

Vidas paralelas

domingo, 10 de octubre de 2021 · 08:07


Por Pablo Ramos*


Dedicado a Sergio “El Oveja”, vicepresidente de Argentinos de Del Viso. A todas las chicas del taller de este sábado, del programa municipal María Romero. A la memoria de la hermosísima Renata Blauer.

Desde que vivo en Pilar no paro de tener sorpresas extrañas. Ojo, agradablemente extrañas. Cruces de los que fuera mi vida. Desde mi más tierna infancia en Sarandí, Avellaneda, hasta mi vida de adulto, que transcurriera enteramente en el barrio de La Paternal, antes de aterrizar en este territorio inmenso y, se me hace ahora, indómito, del Partido de Pilar.

Lo primero que me pasó fue el día que pedí el primer delivery de pizza a La Gringa. Estábamos recién mudados; en realidad, aún yo estaba de visita en lo de María. Había completado una parte, por suerte humanamente realizable, de la infinita lista de tareas que a veces debo afrontar siendo el novio de tan exigente mujer; no quería cocinar. Pero como el timbre todavía no andaba (y todavía no anda, ¡gracias, querida administración!) quedé en que me avisaban nomás saliera la moto. Una grande de calabresa, cuatro fainá y dos latas de Quilmes.

—Ya sale –dijo la telefonista.
—Voy bajando –dije yo.
Llegó la moto y el motoquero se bajó casi andando, en punto muerto y sin apagar el motor. Era un tipo grande, al menos de casi sesenta.
—Parecés un doble de riesgo –le dije.
—Si la paro me vas a tener que empujar –entendí que decía detrás del casco.
Sacó del cajoncito la bolsa con las cosas adentro y me la dio. Revisé.
—Faltan las cervezas –dije—. Dos latas grandes.
El miró el ticket, luego me miró a mí. Me miró fijo.
—Y las fainás –dijo—Decime tu nombre.
—Pablo –dije.
Llamó a La Gringa y me dijo que iba y venía enseguida. Que lo esperara ahí. Me volvió a mirar, esta vez pensativo. Fue y volvió. Tardó menos de cinco minutos de vuelo de riesgo y se volvió a bajar como Tarzán se bajaba de los cocodrilos que acababa de apuñalar. Pero sin el grito. Y esta vez sin el casco. Me dio las cosas que faltaban.
—La pizza debe estar fría –dijo.
—La caliento, no te preocupes– dije, y le di su propina.
Cuando me estaba por ir, me frenó.
—Vos sos Pablo de Sarandí –me dijo. Claramente afirmando, no fue una pregunta.
—Sí –contesté, sorprendido.
—Sos el que escribe, el escritor del barrio –dijo.
—De Sarandí –dije.
—Sí, del barrio –dijo él, pero estábamos en Villa Morra—. Yo soy Urtazun, el primo del que fue presidente de Arsenal, pero ojo que yo no leo, aunque lo tuyo es muy bueno.
—Gracias –dije, porque de tan extraño que era el encuentro no encontré otras palabras.
Nos quedamos un instante en silencio, y ahí lo entendí.
–Bancame un minuto–, le dije. –Quiero reforzar la propina y de paso bajo de testigo a mi novia, porque no me lo va a poder creer. Hace unos días una lectora me reconoció acá, en el kiosco de Emilio.
Subí enloquecido. Le hablé a María enloquecido. Bajé con ella enloquecido. Di la propina enloquecido. Y comí enloquecido.
–No puede ser casualidad–, dije durante la cena.
–Comé más despacio–, me dijo María.

Después le conté que Urtazun me dijo que por la ruta 25, camino a Astolfi, en un barrio del que no sé aún el nombre, había un triangulito con una cancha con el escudo y los colores de Arsenal de Sarandí. Él y otros locos lo habían traído a Pilar, y me invitó a pasar a verlo. Y pasé por esos días, no encontré a nadie con quien hablar pero vi los colores de uno de mis cuadros queridos (yo soy un extraño hincha de fútbol, ya que tengo cuatro clubes de mi preferencia: Racing, Independiente, Arsenal y Argentinos Juniors). Pero me fui emocionado, sobre todo por la casualidad extraordinaria de que me trajera una pizza el primo del presidente de Arsenal. Lo que yo no sabía es que otro primo de un hincha y muy amigo de Arsenal, El Michi, también estaba en Pilar, y de hecho es el subsecretario de Cultura, El Boqui. Cuando tuve el encuentro con el intendente Achával fue que lo conocí y hablamos de su primo y hablamos de los Urtasun. Y del encuentro de tercer tipo con ese motoquero que se bajaba andando para no se parara la moto.

Pero cuando creía que las cosas se terminaban ahí, más allá de encontrarme alguna que otra alumna y algún que otro lector por las caminatas pilarenses, hoy sábado acaba de pasarme algo por demás extraordinario.

Acompañé a María a uno de los talleres que da, y esta vez le tocaba en Del Viso. Del Viso era el lugar donde mi padre vendía el cobre quemado de las bobinas que había reparado. El cobre se sacaba, se quemaba en enormes tachos para que perdiera el esmalte y el algodón, y se vendía. Al peso, y el mejor precio estaba en Del Viso. Yo nunca imaginé encontrar un lugar con tanta identidad, de hecho de chico yo pensaba que Alberti y Del Viso eran otros partidos; no me imaginaba que fueran Pilar.

Solamente cuando recorrí 17 ciudades de Colombia, dando mi método de taller literario, fue que entendí el sentido regionalista que pueden desarrollar las personas. Acá en Pilar, un territorio de casi 360 kilómetros cuadrados, con una densidad menor a 900 personas por kilómetro cuadrado, la gente se identifica fuertemente con su zona, casi como si fuera una región diferente.

Acostumbrado a mi Avellaneda natal, que no llega al veinte por ciento del territorio pilarense pero ostenta unos 7 mil habitantes por kilómetro cuadrado, me di cuenta de lo difícil de organizar a una comunidad dispersa y de tan diversas necesidades como la pilarense.

El taller fue en el Club Argentinos de Del Viso. Y cuando vi la plaza que se llama Los Bichitos, y vi los colores del club, no lo podía creer. Ahora era mi Paternal repetida en Del Viso. Ya no es tanta casualidad, pensé. Algo me espera en esta ciudad, en este nuevo conurbano querido. En el taller se habló de todo. Sólo pude oír la parte política ya que no me correspondía quedarme cuando se hablara de género. Y lo hice porque las participantes me invitaron. Fue un taller excelente. Brillante diría yo. Donde las quejas y los reclamos de las referentes de los lugares menos poblados, que reclamaron más cosas y expresaron ser menos escuchadas, se convirtieron en un debate saludable. Las mujeres escuchaban y debatían, y se hacían de herramientas para organizarse y acudir a los lugares indicados a exigir que les garanticen sus derechos. Guiadas por la paciente y sabia explicación de María, además de su piadosa y amorosa escucha. Qué bien, pensé, el taller está fomentado por esta administración, que quiere escuchar las quejas que la gente acumula del pasado liberal, y de los errores de este presente también. Que quiere oír lo que la gente tenga para decir, que quiere atender a todas las necesidades, sobre todo de los sectores populares. Me fui muy motivado por el gran nivel de discusión sobre lo que es el pueblo y el poder que tiene, y que conlleva en la propia palabra y el ejercicio democrático. Lo más hermoso fue, es, que el debate va a seguir en una de las casas de las chicas, a la que fui, cordial y pícaramente, invitado.

El taller seguía y yo bajé a ver unos partidos de futsal. Los Argentinos de Del Viso contra Los Leones de Villa Rosa. Hablé con el árbitro, comí uno de milanesa a las diez de la mañana, hablé con técnicos y padres. Lo regional aparecía. A cada rato, pero con mucho respeto; un gran clima familiar. El partido de los chiquitos fue un plomo, pero luego, en la categoría Sub 17, justamente el 17 de Argentinos de Del Viso y el 10 de Los Leones de Villa Rosa, dieron cátedra de fútbol.

Fue cuando entré a la cancha de césped de 11 que sentí algo raro. La tribuna de los tablones se me manifestó conocida; claro, toda mi vida salté en tablones, en Arsenal y en los clubes de la B que iba a ver, y en Argentinos Juniors también, donde a los 15 años vi, desde uno de los tablones, al mismísimo gordito hacerle cuatro goles a Gatti. Al mismísimo Diego, y a Riquelme, y al Aimar y al Redondo y al Borghi. Un hombre canoso se metió a la cancha.

—Disculpe –dije—puedo mirar, soy Pablo. El novio de María.  Soy escritor y…
—Soy Sergio –dijo el hombre—. Me dicen El Oveja.
Inmediatamente reparé que la lana cortita que tenía sobre la cabeza habría sido en otro tiempo importante para la esquila.
—Tenía el pelo por acá –dijo el Oveja.
—Un Balderrama –dije yo.
–Más o menos, ja, ja –dijo el Oveja—. Pero, ¿qué quería ver?
—Esos tablones pintados de rojo en el borde ¿son originales? Era muy caro hacer una tribuna así y el club no parece millonario.
—Ni cerca –dijo el Oveja—si hoy tenemos una bomba de agua es gracias a Laurent que respondió en el acto. Hoy no tendríamos agua para los pibes.
—Hay que apoyarlo –dije.
—Más vale —dijo él.
—Sabe, tablones son tablones, pero estos… —dije-
—Estos eran de la cancha vieja de Argentinos Juniors en La Paternal, los trajo un ex presidente de la Cooperativa Telefónica, y socio fundador de este club. Fanático de Argentinos Juniors.
Me dijo un apellido judío que en este momento no recuerdo.
—Yo sabía –dije.
—Me di cuenta de que sabías –dio el Oveja.
—También leí el relato de Víctor Hugo del gol del Diego a los ingleses, en la pared.
—Es para llorar –dijo el Oveja.
—Es para llorar, Oveja –dije yo.

Luego, volviendo a casa, me enteré de la muerte de la madre de mi mejor amigo, Osky Frenkel, Renata, a quien saludo y recuerdo en este autoexilio pilarense. Mientras termino de tipear esta crónica, vestido de negro, y me dispongo para despedir a otra de mis muertas judías. 
Pero también para llevarla por siempre en el recuerdo y el alma.l

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