Soy mano

Crímenes perfectos

Por Chino Méndez
sábado, 2 de mayo de 2020 · 08:20

“Muchas puertas, mi amor, dan al infierno”… Alejandro Dolina.
“Tic, tac, tic, tac… Una noche te despertó ese ruido. Fue cuando las venas de tu sangre se agujereaban y los temblores te inundaban de pavor. Uno de esos momentos en que no hay guardia alta que te salve, los golpes dan ahí donde más duele. 
Tic, tac, tic, tac… Pasados los cimbronazos, las madrugadas eran intuición de derrumbe. Y vos, preso de viejas inseguridades, buscando argumentos para cuestionar no sé qué ni a quién. Un pucho prendido en el silencio de la cocina y ese ruido cada vez más amenazante.
Ese afán de darle forma a los sueños apilando bloques cerámicos y el esfuerzo inútil de materializar lo que hoy es nada, te fue llenando de vacío, de cansancio al pedo y esas malditas agujas que seguían siendo insomnio. Pero los destellos de felicidad y esa positividad tóxica que infantiliza y estigmatiza las emociones de más adentro, te hicieron creer con absoluta desconfianza y allí seguías,  con fuerza e intentando tapar lo que sucedía. A la vez, comenzabas a traficar una apretada oscuridad entre tu cabeza y la almohada. Solemos ser jodidos a veces, cuando el desespero lucha para desoír los gritos de las profundidades.
Y así de jodido ese tic, tac, tic, tac, dejó de ser un ruido para ser un estruendo ensordecedor, porque en la noche de los claveles, tu sombra fue más oscura que la capa de la huesuda y te cagaste en los flores perfumadas de las coronas, es que, quizás, vos venías de años de luto y volaste por los aires y rebotaste cien veces contra el suelo. Mereciste caminar por cada uno de esos infiernos. Y, aunque la vida siempre te pone por delante algunos labios que besan, las cicatrices más profundas, sin saberlo, porque el dolor aprende a simularse, aún olían a pólvora quemada.
Un día, peleando para salir del pantano de tus miserias, cayeron ante tus ojos esquirlas de aquella bomba que inmovilizó el espacio. Volviste a hundirte. Que sea mentira, pero no. Y esta vez entendiste que había que salir de allí sin besos ni odios. Comprendiendo el modo en que una imagen rompe con todas las verdades. Pensando en las veces en que detonamos las bombas que otro deposita, sin querer queriendo, y con un reloj atemporal. La serpiente muerde su cola y la vida te pone en el sillón de los acusados muchas veces, pero en otras en el estrado del juez. A vos no te queda ninguno de esos trajes. Aunque aquello que intuiste y que aturdía los pálpitos de tu pecho era grosso, siempre lo fue, consumadamente.
Parado sobre este inmenso punto final de los finales, te detenés por última vez para mirar hacia atrás, para agradecer y perdonarte, porque también aprendiste a perdonar aquella verdad esquiva por la que jamás se disculparon. Ni vendetta ni humillaciones, la vida se encargará. Todos hacemos lo que podemos y así debe ser aceptado el asunto. El rompecabezas se armó y en su multiplicidad de imágenes, todas destilan sus claroscuros.
Surcando el aire en esta caída libre hacia la trágica y bella aventura del olvido, soñando que te esperen dos pies en el suelo que no se acuerden de vos. Que el sol te alumbre de modo tal que tu sombra se parezca a la de un niño que te lleva de la mano. Adentro sólo quedan la dulzura y el recuerdo de los valses bien bailados. Una D.R.F. de menta escondida en el bolsillo y esta sonrisa a media asta que le dedicás a tus penúltimas lágrimas de mármol”.

100%
Satisfacción
0%
Esperanza
0%
Bronca
0%
Tristeza
0%
Incertidumbre
0%
Indiferencia

Comentarios