Soy mano

Los estúpidos, los hijos de puta y los locos

por Chino Méndez
domingo, 12 de abril de 2020 · 08:01

 


En medio del hartazgo que por estos días se llama cuarentena, hay otros tipos de hartazgo. Yo, por ejemplo, estoy harto de los estúpidos. No de aquellos que padecen una estupidez instantánea, como los que tienen raptos de envidia o celos, ni tampoco de aquellos que cargan con una estupidez carencial, como los que tienen ciertas vergüenzas o temores a los odontólogos. De hecho yo mismo me considero un estúpido muchas más veces de las que podría enumerar en estas líneas. Ahora se me da por reírme cuando me sucede y, por lo general, lucho contra mi estupidez y lucho para no convertirme en uno de esos que se escriben con mayúsculas. 
De lo que estoy verdaderamente cansado es de los estúpidos permanentes, generalmente estúpidos incansables, estúpidos marquesina. De esos que, por ejemplo, salen a cacerolear en medio de una pandemia o que son portadores de una rebeldía insólita, como la de querer irse a la Costa a pesar de todo ¿Cómo combatir a esas personas que no descansan y se empeñan en seguir adelante con su imbecilidad? Mientras los días se repiten, como el paisaje en un viaje de subte, esos idiotas me tienen con los huevos inflados como dos garrafas.
Después están los hijos de puta. No digo aquellos que cometen una guachada más o menos relevante, sino los que por ejemplo despiden personal de sus empresas, o que en estos momentos pagan un 30% del sueldo a sus trabajadores o suben los precios de la canasta básica o que tienen guita negra, lavada en paraísos fiscales o aquellos millonarios vestidos de gauchos que no colaboran ni con una semilla de soja. Esos hijos de puta no sólo me generan hartazgo, sino también tal bronca que ni la más indecorosa y perfectamente pronunciada puteada me quita ese detestarlos, que es casi una vocación. Pero, ¿qué hacer con los hijos de puta? Mientras algunos sindicatos miran para otro lado, los jueces rompen récords de hacerse los boludos y para colmo, estos hijos de puta, son patrones de periodistas.
Por suerte están los otros. Los valientes. Los esencialmente locos. Sin ellos todo sería un absurdo. Hablo del personal de salud y de todos los que están en la primera línea de fuego. Hablo también de los panaderos que hacen su obra para los comedores. De los que transportan lácteos y de la cajera del súper que detrás de su barbijo colabora para que la rueda siga girando. También de los laburantes que viven al día y que, por ejemplo, reparan bombas para que las casas tengan agua. Hablo de las farmacéuticas y los verduleros y los diarieros y los maestros que desde sus casas logran que los pibes sean usuarios pensantes frente a la tecnología. A los padres que extrañan a sus hijos y, sin embargo, regalan sonrisas aun cuando se les corta la voz. A los abuelos que esconden sus lágrimas hasta que los nietos desaparecen de la pantalla de una videollamada. A los músicos, artistas plásticos, actores y poetas. A los locos de amor que regalan vida en estas horas muertas. No sólo los prefiero. Los admiro. 
Cuando este almanaque desconcertante pase se lo deberemos a ellos, a los que con su soberana locura lo dan todo, ni más ni menos que para que la vida vuelva a ser vivida.
 

5
2
42%
Satisfacción
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Esperanza
0%
Bronca
0%
Tristeza
0%
Incertidumbre
57%
Indiferencia

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