Soy mano

Pandémicos

domingo, 22 de marzo de 2020 · 00:00


Por Chino Méndez


Ahora que vamos siendo conscientes de los ojos que el apuro nos impidió ver y también de esos abrazos que el teléfono nos imponía pasar por alto. Ahora que la realidad virtual parece ser la única realidad tangible. Como actores protagónicos de una serie de Netflix, estamos frente a la soledad a la que nos sometimos hace ya un tiempo. La conectividad muchas veces es sólo un gran verso. Estamos solos, y hacerlo carne jode. Molesta el silencio, porque aturden las voces de adentro. Aunque por momentos el morbo estadístico de los noticieros nos distraiga, hincha las pelotas desear todos esos besos que nos negamos, tontamente.
Esto pasará, sin dudas, ojalá sea con la menor cantidad de ausencia. Ahora es el momento de guardarse, de comprender que la mejor manera de quererse es a un metro de distancia. Ahora hay que redescubrir aquella, casi inocente, atracción a juegos como el “Monopoly” o el “Scrabel”. Amigarnos con ese libro a medio leer. Quizás éste sea el momento preciso de volver a vos. 
Fuimos capaces de idolatrar a un conductor/a de TV antes que a un médico o un maestro, y exigimos y esperamos más de Messi que de un político y su plan de salud pública. Acá estamos. Esto somos. Algunos pidiendo que una suerte de comprensión histórica nos permita cambiar.
Que esto nos devuelva mejores. Que esta pandemia de fiebre y estornudos nos aleje para siempre de la pandemia terrible del individualismo. En estos días en que caemos en la cuenta de que no hay red social que sacie nuestra necesidad de comunicarnos. Y que esa necesidad únicamente se colma cuando hay emisores y receptores en vivo y en directo, capaces de distinguir hasta los mensajes paralingüísticos que todos poseemos.
En estos días en que una caricia puede ser una cuchillada, un beso una granada y el sexo una bomba atómica, ojalá encontremos el atrevimiento de interpelarnos mano a mano con nosotros mismos. Cuestionar si en verdad vale la pena tanto la eterna carrera a la nada como los estereotipos impuestos a hombres, mujeres, trans o gays.
 ¿Tiene sentido responder a todo eso ahora que comenzamos a entender nuestra fragilidad? ¿Tiene valor alguno ese tremendo absurdo de vivir aquello que nos imponen de algún modo?
¿Cuán incómodo resulta no tener de referencia la mirada del otro?
No es éste el final del ser humano, pero sí esta situación requiere guardarnos dentro de nuestros hogares, de verdad y sin margen para la imbecilidad, pero también nos convoca hacia un compromiso de ser mejores para con nosotros y así poder ser más saludables para con el prójimo. Mirar, comprender, limar aquello, ensalzar esto otro. 
Que los ojos vean más y miren menos. 
Que la caricia y el beso, que hoy hacen falta, se reciban con ojos bien cerrados.
Que la ternura viaje en mates bien cebados y nos devolvamos al tacto para celebrar la vida. 

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