Soy mano

Cultura Bicentenaria

Por Víctor Koprivsek
sábado, 15 de febrero de 2020 · 00:00

Por eso es lindo dar pasos en la dirección del día nuevo. Y asumir el sol en la frente para sentir su tibio y leve roce, ese que en el barrio amanecía entre escarchas de invierno rumbo al cole.
Y es lindo recordar la parte buena que dejó el andar por tanto caminito con amigas y amigos de la infancia aquella.
Porque en las esquinas de la memoria, así como en las del barrio, hay reparos pequeñitos, aleros donde guarecer nuestros anhelos. Los más valiosos. Para que no los rompan, vio.
Estamos hechos de cultura, de los buenos días que podamos decir y las buenas tardes que podamos compartir.
En el Partido de Pilar, amplio, con bellas idiosincrasias e identidades valiosas, hay, gracias a Dios, muchos espacios comunitarios, privados y estatales, donde la cultura resistió, germinó y se brinda en la más amplia variedad de expresiones que fuimos capaces de labrar los seres humanos, me refiero a la música, el teatro, la literatura, las artes plásticas, gráficas, cinematográficas.
Lugares que hay que cuidar entre todos.
Por eso, en esta columna comparto, humildemente, cuatro palabras: encuentro, acompañamiento, restauración y revinculación.
Las escribo como quien arroja una botella al mar con un mensaje dentro, como hicieron las chicas del colectivo Libro, Papel y Tijera.
ENCUENTRO, ACOMPAÑAMIENTO, RESTAURACIÓN Y REVINCULACIÓN.
Así, con mayúsculas. Soñando túneles de aire y caminos de esperanza, pensando en prevenir tanto como en curar.
Porque es mejor el intento que construye para después, abriendo puertas y bancando fuerte. Intento que ha de tener en cuenta las nobles expectativas, los proyectos posibles pero también los imposibles. Aquellas utopías maravillosas que tantas veces dieron sentido a la humanidad.
Si la cultura no sirve para restaurar, es post-verdad. Si no sirve para revincularnos con las formas sanas, con los pliegues de la bondad, el respeto, la empatía y la mirada del otro; es marketing.
La cultura acompaña, alienta, potencia, favorece y su poder transformador afecta a ricos, pobres y de clase media. Su utilidad es que las personas puedan expresar belleza y no se conviertan en bombas humanas, sino más bien en seres que sonríen aun después del llanto.
 

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