Soy mano

De finales, principios y recuerdos

por Graciela Labale
sábado, 4 de enero de 2020 · 02:39

Los fines de año siempre traen dolor de ausencia, a veces ausencias tempranas u otras no tanto, algunas evitables, otras no, pero de esas que siempre dejan huellas… O cicatrices.
 Lo bueno que después inexorablemente llega el 1º de enero, con sus encuentros, abrazos y buenos augurios que van y vienen y que, llenan el calendario de proyectos, sueños, deseos y nuevas historias por escribir.
En este 2020 entro al club de los 70, de los 70 años de vida digo, así que saquen la cuenta de cuántos finales y principios tengo en mí haber.
A esa añoranza por quién ya no está o de un tiempo pasado que tampoco existe más, tengo el privilegio de poder plasmarlo en el papel. A veces un simple disparador como puede ser el “reto” de una hija que te dice: “Ay mamá no te quiero ver más con ese vestido, es un trapo ya”, sumado al inefable disparador de la profe Palermo, hacen que surjan relatos como éste:
Querido vestido de batik:
Hola mi querido. Después de unos 45 años decido escribirte y empiezo con una afirmación que parafrasea a Fito Páez: “Yo sí tuve un vestido y un amor”.
No olvidaré nunca que estabas ahí colgado, sencillo y orgulloso de tu esencia a la vez, sin duda había sido soñado por uno de esos seres plenos de aires de libertad que solían ofrecer su arte en la vieja feria de Plaza Francia donde algunas y algunos pasábamos largas horas de domingo.
Te mecía el viento sensible de primavera. Era septiembre y mis ojos no podían dejar de mirarte. Fue mi amor quien me dijo al oído “¿te gusta?, si te gusta lo compro, será mi regalo de cumpleaños. Un 21 te calcé por primera vez junto a esos zuecos rojos de madera que marcaban los pasos duros y rebeldes de los 70. Después de tantos años quiero contarte que aún sobrevivís, algo desteñido, envejecido, agujereado, zurcido, otra vez roto y vuelto a remendar, casi una metáfora de un tiempo, de una generación, la tuya y la mía, que todavía se mantiene en pie, a pesar de tanto vendaval  y tantas ausencias. Muchas veces estuve a punto de tirarte o convertirte en uno de esos  trapos, supuestamente más útiles que levantan la mugre propia o ajena, y no pude. Me niego. Quizá  seas lo único que queda de tanto naufragio repetido. Ya no está aquel amor ni muchos de aquellos de la ronda de la feria, los de las margaritas en el pelo, las túnicas pintadas, las ojotas de cuero y las consignas atropelladas en las canciones de protesta. Ya no.
Por eso decido te quedes ahí, en el rincón oscuro del placard, como fiel testigo de una historia, la mía, que como la de todos alguna vez, acabará.
 

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