Soy mano

Mujeres que sufren, se reinventan y avanzan

Por Graciela Labale

Mujeres que sufren, se reinventan y avanzan

En lo que va del 2019 ya se registran unos 60 “femicidios” y digo “unos” porque estamos seguras que ese número es mayor y que dadas las condiciones en que son tratados en muchos casos, por la policía o la justicia, no son calificados como tales, sobre todo en los lugares más alejados del país y de los grandes medios de comunicación, y quedan con la carátula de “homicidios simples”. Más de 15 muertes de mujeres trans ya sea en travesticidios o por enfermedades que el sistema de salud no atiende o abandona o destrata por su condición sexual. Esto nos pasa a las mujeres cada día de nuestras vidas, acechadas por la muerte de la mano de un patriarcado que parece no tener techo. 
Pero son muchas las que aquí o allá luchan por salir adelante a pesar de los golpes, de la pobreza y el dolor al que están condenadas. Las vemos semana a semana llegar en silencio, en soledad, quebradas con historias de abusos y de todo tipo de violencia. Las vemos con avances y retrocesos, con tristezas viejas y nuevas, con miradas que dicen más que sus palabras. Las vemos a algunas casi niñas y a otras envejecidas por la pena. Las vemos en la lucha por la subsistencia, en el trueque, en las ferias buscando comida y abrigo, al frente de sus propios emprendimientos. Las vemos ponerse de pie, luchar a los codazos, reinventarse y avanzar con el alma en pena y con el alma en alto pero con otras, con la convicción que nunca nos salvamos solas. 
A ellas, a las que abrazamos cada semana quiero dedicarles este texto, que escribí hace un tiempo en el taller de Escritura Creativa de IntegrArte, dedicado a una mujer a la que sólo vi una sola vez pero que siempre quedará en mi recuerdo.

Mujer maíz
Mujer de olla de barro siempre al fuego, como para que nadie quede sin su parte.
Recuerdo una.
La vi treparse con el rostro sonriente, trenzas disciplinadas, pollerón multicolor, delantal impecable y unos ojos tan intensos como el paisaje mismo.
La vi con el saludo urgente para con quien quiera devolverle tan sólo una mirada. Iba camino a Iruya, regresaba a su pago con la gratitud de alforjas vacías que habían hecho el camino de ida repletas de preciados tesoros: choclos negros, amarillos y rojos, más ese ají picantón que comparte con sus comadres a la hora de amasar jugosas empanadas.
Ella vuelve cada día y baja en el punto justo donde la soledad y la Puna son un único silencio. La espera su fiel perro que se pierde junto a ella en esa inmensidad en la que se unen montaña, cielo y dignidad.

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