En lo que va del 2019 ya se registran unos 60 “femicidios” y digo “unos” porque estamos seguras que ese número es mayor y que dadas las condiciones en que son tratados en muchos casos, por la policía o la justicia, no son calificados como tales, sobre todo en los lugares más alejados del país y de los grandes medios de comunicación, y quedan con la carátula de “homicidios simples”. Más de 15 muertes de mujeres trans ya sea en travesticidios o por enfermedades que el sistema de salud no atiende o abandona o destrata por su condición sexual. Esto nos pasa a las mujeres cada día de nuestras vidas, acechadas por la muerte de la mano de un patriarcado que parece no tener techo.
Pero son muchas las que aquí o allá luchan por salir adelante a pesar de los golpes, de la pobreza y el dolor al que están condenadas. Las vemos semana a semana llegar en silencio, en soledad, quebradas con historias de abusos y de todo tipo de violencia. Las vemos con avances y retrocesos, con tristezas viejas y nuevas, con miradas que dicen más que sus palabras. Las vemos a algunas casi niñas y a otras envejecidas por la pena. Las vemos en la lucha por la subsistencia, en el trueque, en las ferias buscando comida y abrigo, al frente de sus propios emprendimientos. Las vemos ponerse de pie, luchar a los codazos, reinventarse y avanzar con el alma en pena y con el alma en alto pero con otras, con la convicción que nunca nos salvamos solas.
A ellas, a las que abrazamos cada semana quiero dedicarles este texto, que escribí hace un tiempo en el taller de Escritura Creativa de IntegrArte, dedicado a una mujer a la que sólo vi una sola vez pero que siempre quedará en mi recuerdo.


