“Todo lo que me pasa es para ser mejor”.
Así me dijo mirándome a los ojos. En el fondo de su mirada había tristeza. Pero también coraje.
El barrio es duro a la hora de templar los huesos.
Cuando la horma aprieta hay sol de fuego.
Esta es una historia chiquita, sin nombre ni apellido, apenas una columna al costado de la página, una nota de pie.
Por eso me gusta, porque la vi de frente compartiendo un plato de comida. Y no me llegó de cualquier lado.
Los amigos son cosa seria.
“Que el amor nos salve”, sentenció.
Cuánto queda todavía adentro de las casas, con las familias rotas de tanto que duele en este tiempo donde todo parece que termina. Dónde todo parece que empieza.
Cuántos habrá en el umbral de las desilusiones. Detenidos por los procesos que castigan lomos.
Y cuántos sabrán esperar fortalecidos mientras suceden los truenos.
Por eso en la estatura de las grandes batallas los corazones escriben, quizás, sus mejores líneas.
“Estoy haciendo lo que hay que hacer. Al final el amor nos va a salvar”, repite.
Entre el fuego de la calle, que brota a 39 grados justo antes de cerrar el año, pienso que es mejor salvar el agua.
Por eso no voy a desear nada al azar ni voy a trepar al muro de las hipocresías para desde ahí arriba dar el buen mensaje de fin de año.
Quedan días de lucha aún. Días de encontrar razones para seguir.
Y hay buenos amigos que no te van a dejar solo nunca. Nunca.
Hay hermanas y hermanos que rodearán tu llanto hasta que vuelva la risa y velarán tu sueño para que descanses un poco.
Dios, que todo lo ve, está al alcance de una oración. Y todavía hay más, queda el tiempo de resurgir.
Está adelante. Te espera allá adelante el día de tu resurrección.
Una nueva resurrección hecha de lo mejor de vos. Y que cuando llegue amigo, ay cuando llegue, será bueno estar ahí.
Ojalá sea en este 2020.
Salud.




