Mestizaje

Por Redacción Pilar a Diario 14 de agosto de 2016 - 00:00
1
La galera se detuvo a la sombra de una mora a la que el otoño amarilleaba sus hojas. Era un abril de días todavía claros y luminosos. 
-Hay que refrescar los caballos, dotor -dijo un gaucho y Acevedo sacó la cabeza por la puerta de la galera y buscó la voz que había pronunciado esas palabras. Entre el penacho tembloroso de las hojas vio a una calandria silbando una nota a la que pensó desesperada. Recordó el canto de la abubilla en el poema persa, donde los pájaros van en busca de un rey y al final de la travesía entienden que lo que buscaban vivía dentro de ellos. La aurora tomaba un tinte negro a causa de sus negros cabellos, recitó en silencio y, por fin, después de casi una vida entera, la vio, exacta. Yolanda, dijo en voz baja y comenzó a arañar la imagen huidiza del recuerdo. La trenza negra y copiosa se derramaba sobre un hombro al que ahora veía desnudo. Yolanda. Tantos años, pensó Acevedo. Hija de esclavos mulatos ella había trabajado desde niña en casa de sus padres. Acevedo ve a los gauchos aflojando la cincha de los caballos y la impresión de La Pampa vacía penetra en todo su cuerpo. Baja de la galera y vuelve a mirar la mora envejecida y piensa si él no tiene la misma edad que ese árbol añoso y de cortezas endurecidas. Desecha la enumeración grosera de inútiles semejanzas y vuelve a pensar en Yolanda. Ella no era mulata, se dice. Una génesis de sometimientos y vejaciones fuerzan cualquier indeseado mestizaje. Vuelve a ver el brillo lujurioso en el ángulo de su hombro desnudo. Ella está limpiando su alcoba. ¿Cuántos años…?, se pregunta Acevedo. Apenas un chico… catorce, dieciséis años... La toma de la cintura. Siente el breve sobresalto del susto que le provoca y confunde su propio miedo con el de ella. Pensó que jamás olvidaría esa expresión, esa cara, y sin embargo allí estaba, ahora, rescatándola de un olvido de tantos años y tanto camino. Él había hecho una carrera, una vida de libros y de leyes, de firmas que enviaban a los ejércitos a la guerra o que pavimentaban de madera y piedras las calles y los parques públicos; una vida de discursos encendidos, tratando de darle la forma de sus lecturas a la idea que tenía de la patria. Todo, todo eso lo cambiaba ahora por retener un instante más en la memoria la sorpresa en la cara de Yolanda. La toma de la cintura. Ella le sujeta la mano, con fuerza, pero sin conseguir que él quite la suya. Comportesé, m’hijo, le dice ella cuando entiende que ya no puede resistirse.

2
-No somos el correo, cumpa -dice el gaucho y esconde la mueca de dolor entrecerrando los ojos. Uno de sus hombres le aprieta el cuchillo en la garganta. Gauna mira el carruaje lujoso y después al hombre de bastón y chaqueta bajo la sombra de la mora. 
-Estoy viendo -contesta, sin dejar caer de la boca el yuyo que está masticando. 
-Vamos a la estancia del dotor porque ha muerto su madre -agrega el único gaucho que habla. Los hombres de Gauna maniatan a los otros a las ruedas de la galera con sus lazos de tiento. Los habían dejado cruzar el Salado y que se internaran en aquel sur siempre salvaje y baldío. Gauna sabía que el correo con el dinero para la alcaldía de Dolores pasaría el día siguiente; pero vio desde lejos la galera atravesando la llanura y para mantener a sus hombres ocupados les dijo que el carruaje era ese. Ahora mira las iniciales doradas en la portezuela, BA. En voz baja pronuncia: Bartolomé Acevedo. Él conocía ese nombre. De pronto piensa que en esa breve emboscada hay un resumen feliz y grotesco de la patria. Él, Ladislao Gauna, acusado de matrero y sedicioso, había servido en las tropas federales de Felipe Varela y del Chacho Peñaloza. La diáspora de esos ejércitos eran ahora su patrulla y tantas otras. Negros y gauchos que financiaban las escaramuzas de los últimos batallones rebeldes asaltando los caminos, saqueando el tesoro de las administraciones. A estas alturas para el gobierno unitario ese era un perjuicio mucho más dañino que cualquier derrota. Ahora está frente a Bartolomé Acevedo. En su casa le habían hablado de aquel hombre y él, que no tenía padre, secretamente había aprendido a admirarlo. El hombre de los discursos y las leyes. Algún día esta tierra tendría en la memoria el mezquino pasado que su pluma decretaría, injusta y arbitraria. Le tomó casi toda una vida entender que la otra parte de la historia se escribe con la sangre de los sometidos. 
-¿Qué le pasó a su madre, dotor?, -pregunta Gauna y recuerda que la suya murió al frente de una montonera mixturada de gauchos y de indios, el puño apretado a la lanza y el balazo de un oficial que le atravesó la garganta. 
-Era una mujer muy anciana -contesta Acevedo.

3
Intenta contar el tiempo transcurrido desde el último viaje a la casona de sus padres. Ahora mira el horizonte vacío y piensa en su madre. Ella envejeció con esta tierra, vio pasar el siglo entero, se dice Acevedo. La había criado una india vieja que una vez le regaló el yelmo y el casquete que un antiguo cacique le había sacado a la cabeza seccionada de un español decapitado. En su casa Yolanda se ocupaba de limpiar y dar lustre a estos adornos que a él de chico solían asustarlo. ¿Qué habrá sido, al fin, de esa mujer hermosa?, se pregunta. Tantas veces la había tenido entre sus brazos. Cuando él partió rumbo a sus estudios en Europa ella ya había desaparecido de su casa. Alguna vez le llegó el rumor de que Yolanda se había sumado a las tropas federales. Rumores, piensa ahora y ve la alarma en la cara de uno de los gauchos que le señala una nube de polvo creciendo en la distancia. 
-Matreros, dotor -le dice cuando ya no hay tiempo de volver al camino.

4
Gauna ve en los ojos de Acevedo un susto que es más grande que la amenaza. 
-Son sólo palabras, dotor -le dice. 
-Muy anciana… -repite Acevedo y él ve que estira una mano hacia el interior de la chaqueta. 
-No se haga matar, amigo -le dice y su mano solo busca la empuñadura del facón en la espalda.

5
Este sujeto no sabe cómo se verá su rostro cuando sea un hombre viejo, piensa Acevedo paladeando un horror más grande que el miedo al acero de los puñales desnudos. Pero yo tuve mil veces en el espejo la arrogancia y el desdén de esos gestos atrevidos, se dice. Piensa que es el destino que ha venido a buscarlo. Intenta sacar de su chaqueta el reloj donde tiene la miniatura con su retrato que el ingeniero Pellegrini le pintó cuando él tenía la misma edad y la misma cara que este hombre.

6
Gauna ve el brillo de lo que cree un arma en la mano del doctor Acevedo y con un reflejo que es más veloz que su pensamiento hace que la hoja limpia de su facón corte la vena que lleva la vida al cerebro. 
-Comportesé, m’hijo -le dice y ve el dibujo de su cara dentro del reloj que el doctor deja caer al piso antes que el resto de su cuerpo. l
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