A veces, cuando hablan de los jóvenes, escuchamos cosas terribles, principalmente los tratan como mierda, basura que no sirve para nada, drogadictos perdidos; que no estudian ni trabajan, chorros, inservibles.
Son situaciones puntuales las que llevan a algunas personas a referirse de esa manera y con esos términos. Pero es así y todos lo escuchamos y somos testigos de eso.
Por eso esta columna, que además es una oportunidad, voy a aprovecharla para hablar de un puñado de jóvenes derquinos, alumnos de cinco escuelas que están desde hace dos meses muy involucrados haciendo un trabajo profundo de investigación sobre la problemática del medio ambiente a raíz de la instalación de un matadero. Las chicas y chicos en cuestión tienen entre 14 y 18 años, asisten a los colegios Cardenal Copello, Presidente Derqui, Antonio Todo, Media 2 y Latinoamérica.
Si tan sólo los hubieran visto, primero en el Club Derqui, después en el HCD y más tarde en el predio del Copello; nerviosos pero firmes, con sus corazones palpitantes y llenos de convicciones. Hablando, compartiendo lo investigado.
Es que para ellos que están tan lejos de las roscas políticas y los acuerdos por debajo de la mesa y los tejes y manejes del poder y el dinero, esto es algo completamente injusto.
Un matadero frente a su escuela, donde además estudiaron muchos de sus padres y hasta se podría decir que alguna abuela o abuelo ya que el Santa Ana y Cardenal Copello tienen más de 50 años de vida y servicio educativo en la comunidad.
Por eso y sin ninguna duda, después de casi tres meses de participar de esta movida que entre muchos llevamos adelante con el único objetivo de que se respeten nuestros derechos, lo que tengo que decir es que si hay algo bueno en medio de toda esta situación que es mala, eso bueno son ellos, las pibas y pibes que se pusieron esta lucha al hombro, que no sienten que "no pueden hacer nada porque ya está todo cocinado”.
Para ellos no está nada cocinado por la sencilla razón de que eso está mal. Y cuando uno tiene 14, 15, 16, 17 años, lo que está mal está mal. Y ahí no entra la política ni las suspicacias ni nada que se pueda poner en juego en la cabeza de los adultos, y en ese mundo de decepciones y tristezas y fracasos que te van llevando, con los años, a bajar los brazos o a poner piedras en el camino con tal de justificar tu desesperanza e inacción.
La pregunta final es a los mayores, a nosotros mismos: ¿cuánto más estamos dispuestos a perder?