"Si te estuvieras ahogando, acudiría al rescate/ te envolvería en mi manta y serviría té caliente/Si fuera un comisario, te arrestaría/ y te mantendría en una celda bajo siete llaves/Si tu fueras un ave, batiría un récord/ y escucharía toda la noche tu trinar de tono agudo/Si fuera un sargento, serías mi recluta/ y, muchacho, te aseguro que amarías el ejercicio/Si tu fueras china, aprendería la lengua/quemaría mucho incienso, usaría vestiduras raras/ Si tu fueras espejo, me abalanzaría al baño de damas/te daría mi lápiz labial rojo y te empolvaría la nariz/ Si tú amaras los volcanes, yo sería lava/incansablemente eruptando de mi oculta fuente/Y si tu fueras mi esposa, sería tu amante/porque la Iglesia se opone tenazmente al divorcio”. (Canción de Amor).
Vivía en Leningrado, soñaba, amaba su ciudad, era poeta, tenía 23 años y fue arrestado, alojado en la temible Lubianka seguía soñando, lo acusaron de holgazán, de propagar versos decadentes, y él creía, a cinco años de trabajos forzados lo condenó el régimen stalinista por ser poeta y judío, decían que era un "parásito social”.
"Mi verso mudo, mi callado verso pero aciago -mal le pesen las riendas-/¿adónde de este yugo iremos a quejarnos y a quién decir la vida que llevamos?/Por mucho que, pasadas ya las doce, buscando detrás de la cortina, con cerillas, el ojo de la luna/expulses de los restos de tu mueca opaca con la mano, en la mesa, de la locura el polvo/Por mucho que embadurnes este engrudo escrito más denso que la miel/ ¿con quién quebrar en la rodilla, o en el codo al menos, una vez más, el trozo ya cortado, mi callado verso?” (Mi verso mudo, mi callado verso...)
Joseph Brodsky es considerado el mayor poeta ruso nacido en el régimen stalinista. Exiliado, como tantos otros escritores de su época, muere en Nueva York a principios de 1996. Su obra plasmada en "Poemas selectos” y "Partes de la oración” merecieron el Premio Nobel de Literatura en 1987.
"Quisiera vivir en una ciudad donde el río/surge debajo del puente, como una mano de la manga/que desembocara en el golfo abriendo los dedos/igual que Chopin quien jamás mostró su puño a nadie/En una ciudad así, habría una ópera en la que un viejo tenor/puntualmente cantaría en las tardes el aria de María/en la que el tirano aplaudiría desde su palco y yo/en la platea, entre dientes murmuraría con odio: ‘animal’/Habría en esa ciudad un yacht club y un equipo de fútbol/La ausencia de humo en las chimeneas de las fábricas/sería señal de que es domingo/Yo uniría mi voz al aullido general/allá donde el pie continúa lo que empezó la cabeza/De todas las reglas del código de Hammurabi/el penalti y el córner son las más importantes”. (Fragmento de Elegía a Leningrado). l