Es un sonido monótono, parejo, que va acompañando, además del despliegue de formas, de luces que brillan a la distancia, el pensamiento. El zumbido, me digo, acompaña, les da un ritmo, una cadencia a los pensamientos. El micro se desplaza, ágil, perforando la noche sobre esta ruta que lleva a mi pueblo. Por la mañana vamos a estar llegando, pienso. A lo lejos se alcanza a ver la sombra oscura, compacta, de un monte que se recorta como una mancha encima de la llanura infinita. Pareciera que allí, en el interior de esa sombra densa, fuera más de noche todavía. Me hace acordar, me trae a la memoria, esta oscuridad casi total, aquella vez en que Oscar me despierta, en medio de la madrugada, y me pide que lo acompañe. Mientras me lavaba la cara, en la palangana del baño, escucho que afuera mi hermano Oscar le habla al caballo; es casi un murmullo, son palabras que nunca alcancé a saber qué decían, pero que dejaban en claro, a quien las escuchara, a quien estuviera atento a ese balbuceo apagado y monocorde, que se trataba de sonidos que intentaban, además de tranquilizar al animal, poner en marcha las cosas, iniciar lo que venía. Cuando salgo al patio, Oscar está enganchando la pechera y el caballo resopla, agita un poco el pescuezo, de arriba a abajo, pero sin llegar a resistirse a los preparativos con los cuales terminábamos, todos los días, saliendo a la calle. En el callejón del fondo, que terminaba en la ruta, la oscuridad era tan densa como la de esta noche que hoy me devuelve todos aquellos recuerdos. A ambos lados del callejón hay sólo terrenos baldíos; a lo lejos, sobre todo a la derecha, en dirección al centro de Agua Blanca, se alcanzan a distinguir las luces de algunas casitas de madera. Unos perros empezaron a ladrar cuando pasábamos junto a alguna de ellas pero, de a poco, los ladridos se fueron apagando y la madrugada volvió a ser tranquila, oscura y silenciosa. Nos acompañaba el chirrido de un rulemán que, en la rueda derecha del carro, parecía haber perdido todas las bolillas. Mi hermano trataba de poner ese costado a rodar sobre el pasto para que hiciera menos ruido pero el caballo volvía, de manera instintiva, a la huella.
El micro ahora disminuye la velocidad. El zumbido entonces empieza a ser entrecortado, desparejo. A unos metros, sobre la derecha, se destaca el resplandor luminoso dentro del cual aparecen la estación de servicio y la cafetería donde hay una parada programada de veinte minutos. Hay pocos pasajeros en el micro. Algunos van al baño. Un hombre, y dos chicos que acaban de despertarse, se sientan a una mesa y piden algo para comer. Yo me acerco a la barra. Un muchacho seca una fuente de plástico y tararea una canción que no está en sus pensamientos, que le sirve, de alguna manera, para ausentarse, para dejar que el cuerpo, el sonido débil y apagado de la canción, los movimientos con que frota la fuente para secarla, permanezcan allí, evidenciando su presencia física pero permitiendo poner a distancia sus fantasías, sus pensamientos. Tomo un cortado y salgo al playón de graba. El micro, que en la terminal parecía enorme, imponente, ahora, de espaldas a la noche inmensa, evoca la figura indefensa de un animal diminuto.
No había viento. De eso me acuerdo porque era un detalle extraño. La cercanía del mar, la superficie plana de la llanura que se extendía al interior de los campos baldíos, hacían que el viento fuera, allí, en esas inmensas soledades, una presencia habitual, casi permanente. Cuando llegamos al lugar donde estaba el auto tirado -una estanciera que parecía estar en buen estado, y que seguramente había sido robada y abandonada allí, en aquel zanjón en medio de un camino desierto-, atamos el carro a unos cuantos metros. Mi hermano agarró la caja de herramientas, la llave cruz, y nos pusimos a sacarle una rueda trasera. Hay que sacar también la campana, dijo Oscar, es la misma que la del carro. A lo lejos se empezaron a ver las luces de un auto que venía en dirección nuestra. Nos tiramos al pasto. Cuando el auto estuvo junto a la estanciera, se detuvo. Nadie bajaba, sólo seguía allí, con el motor en marcha. Se distinguían dos personas en el interior. Yo estaba, al principio, algo asustado pero en un momento miré a Oscar a la cara. Su expresión era de una tranquilidad hermética, sin fisuras. Este recuerdo está hecho, en realidad, de aquél instante, de esa situación de relativo peligro y de la expresión tranquilizadora de mi hermano. A partir de ese instante, en que estoy viéndole la cara, que trasuntaba paz y tranquilidad, se expanden los detalles, todos los colores del recuerdo. El auto por fin se fue. Sacamos la rueda, la campana, el rulemán y usamos todo eso al día siguiente para arreglar el carro.
El micro sigue su marcha suave, rumorosa, metiéndose más y más en el interior de esta noche oscura pero, de alguna manera, iluminada de recuerdos. El carro era nuestra fuente de vida. Juntábamos cosas en la calle: vidrio, papel, metales y lo vendíamos al chatarrero que había a unas cuadras del centro de Agua Blanca. Por aquel tiempo yo estaba terminando el colegio secundario y estaba preocupado porque debía unas cuotas del viaje de egresados y los tiempos se venían acortando. Cuando le decía esto a Oscar él me contestaba que estuviera tranquilo. Su expresión era siempre la misma. Daba la sensación, al escucharlo, que no había problema en el mundo -por lo menos en nuestro mundo de dos hermanos que vivían solos en un confín de aquel pueblo perdido al sur de la Provincia de Buenos Aires, y que se ganaban la vida juntando cosas en la calle-, que él no pudiera resolver de manera satisfactoria.
Pasaron muchos años de todo esto. No sé por qué me acuerdo de estas cosas. Ahora vivo en la Capital. Soy maestro en tres escuelas primarias y estoy viajando a mi pueblo porque me han llamado por teléfono avisándome que Oscar está en el hospital, que se cayó del andamio hace un par de días. Está fuera de peligro, me dijo el médico cuando me llamó por teléfono; igual tiene que venir porque tengo que ponerlo al tanto de algunos detalles.
Mi hermano supo de un filetero que había llegado al pueblo y un día llevamos el carro y se lo dejamos el fin de semana entero. Cuando lo fuimos a buscar, el lunes a la mañana, el carro parecía otra cosa; lo habían pintado de color crema, con hermosas cintas celestes y blancas que semejaban la bandera argentina ondeando a los dos costados; tenía la cara de Gardel en la puerta de atrás y un par de frases extraídas de unos tangos de Manzi que a él le gustaban mucho.
A lo lejos, sobre el costado izquierdo, ahora se insinúa el primer lucero de la mañana, en el resto del cielo todavía gobierna la noche. Sobre la ruta comienzan a circular algunos autos, algunos camiones y la marcha se hace algo interrumpida.
La noche anterior al viaje de egresados, y cuando creía que ya era imposible acompañar a mis compañeros, Oscar apareció en casa con el boleto del micro y con un paquete de plata para que pudiera gastar durante aquellos días. Prepará el bolso, me dijo y fue a la heladera y destapó una cerveza y estuvimos brindando y charlando todo lo que quedaba de la noche. A la mañana siguiente llovía. Fuimos corriendo a la parada del colectivo para llegar a la terminal temprano. Allí estaban todos mis compañeros y yo me mezclé entre ellos y Oscar se sentó en un banco esperando a que saliéramos. Todavía lo veo con la mano en alto saludando cuando el micro se pone en movimiento. Es tan extraña la vida. Son sólo estos momentos los que perduran; a veces se diluyen en el torbellino de las expectativas; estamos desatentos a todo porque el mundo que se avecina, todo lo que está por pasar nos parece infinitamente más importante que aquellas cosas simples.
Ahora estamos entrando en la terminal de Agua Blanca. El micro se mueve pesado, resopla, como si fuera un animal al que le resulta trabajoso cargar con el peso de su propio cuerpo. El hospital está cerca así que agarro mi equipaje y voy caminando. Es muy temprano y el pueblo está casi vacío.
Cuando volví de aquel viaje terminé el colegio y ese mismo verano me fui a vivir a la Capital. Ya lo habíamos hablado con Oscar. Yo me quedaría en lo de la tía Gladis y allí estudiaría el magisterio. Oscar había conseguido su primer trabajo de albañil y estuvo mandándome plata hasta que yo empecé a trabajar y pude sostenerme solo. Así se fueron yendo los años. He vuelto varias veces a este pueblo. No sé en qué momento me di cuenta que ya no era mi lugar, que ya no me pertenecía.
El médico está en la puerta de la sala y me llama antes de que pueda entrar a ver a mi hermano. Me saluda. Me explica que está bien. Después, y con palabras médicas a las que voy tratando de arrancar de la oscuridad de sus significaciones técnicas, me explica que Oscar no volverá a caminar. Cuando entro lo encuentro despierto. Mira por la ventana hacia el patio, hacia los árboles del patio. Cuando me ve se pone muy contento. Charlamos; me pregunta cosas de mi vida, cómo me está yendo. Después me dice si hablé con el médico. Le digo que sí con la cabeza, en silencio. Cuando lo miro a la cara tiene aquella vieja expresión tranquilizadora, como si él fuera capaz de resolver cualquier problema, cualquier contingencia de manera satisfactoria. Quedate tranquilo, me dice, porque me ve asustado, sin palabras.
Después de un rato bajo y me cruzo al bar que está enfrente del hospital. Pido algo para desayunar y vuelvo a acordarme de aquella mañana lluviosa en que el micro sale de la terminal y Oscar me está saludando; tiene la mano en alto y está contento; si yo era feliz él siempre estaba contento. El micro sale del pueblo, se escucha el chistido de los neumáticos pisando el asfalto mojado. Pasó por un momento la agitación y la alegría de mis compañeros y ahora estamos todos sentados, cada cual en su butaca. Cuando ya estábamos en la ruta yo me puse a mirar por la ventanilla el campo y algunas casitas a la distancia. No recuerdo si fue en ese momento, o una vez que volví al pueblo un par de semanas después, cuando me di cuenta de que Oscar había vendido el carro para que yo pudiera viajar y pasarla bien durante aquellos días. Algo entonaban ahora mis compañeros y yo me mezclé con ellos y todo volvió a ser risas y canciones y alegría.