“No me atrevería a generalizar demasiado acerca de un fenómeno tan efímero como la experiencia poética, en Polonia tenemos un dicho: uno no ‘es poeta’, sino solamente ‘está poeta’ de vez en cuando. La experiencia poética nace, inevitablemente, como consecuencia de otra gran experiencia transformadora: la lectura. En este sentido, todos somos lectores que aprenden a escribir, en el contexto estético de nuestra época, con el equipaje de erudición que heredamos de nuestros maestros. El placer de escribir como una prolongación del placer de leer se transforma poco a poco en un deseo de ser leído, muchas veces bastante narcisista y egocéntrico, hay que reconocerlo. Pero al mismo tiempo es un deseo de creación puramente divino: tal como los dioses del Popol Vuh buscaban obstinadamente crear seres que los veneraran y recordaran ‘sobre la faz de la tierra’, los que escribimos buscamos, conscientemente o no, ser leídos y recordados por los que nos leen. En este sentido, cada experiencia poética repite la ambición divina de crear un universo (del poema) poblado por sus habitantes (los lectores). Por otra parte, suscribo totalmente a las teorías según las cuales la poesía, como la música, permite lograr espacios de lo inefable -pero eso ya es otro tema, además, muy difícil de comentar con las palabras”.



