Soy Mano: Huellas a 40 años

por Graciela Labale

26 de marzo de 2016 - 00:00

“De tanto ir y venir abrí mi huella en el campo. Para el que después anduvo ya fue camino liviano. En infinitos andares fui la gramilla pisando. Raspé mí poncho en los talas. Me hirieron pinchos de cardo. Las huellas no se hacen solas ni con sólo el ir pisando. Hay que rondar madrugadas maduras en sueño y llanto. Viento de injustas arenas fueron mi huella tapando. Lo que antes fue clara senda se enyenó de espina y barro. Parece que no hubo nada si se mira sin mirarlo. Todo es malezal confuso, pero mi huella está abajo. Desparejo es el camino. Hoy ando senderos ásperos. Piso la espina que hiere, pero mi huella está abajo. Tal vez un día la limpien los que sueñan caminando. Yo les daré, desde lejos, mi corazón de regalo.”

Cuando arranca marzo se apresuran los aprontes para organizar la conmemoración del 24. Empezamos a armar la ya clásica vigilia en nuestro querido espacio cultural IntegrArte, que desde hace 9 años aloja este encuentro que llegó una vez y se quedó ahí. Pero en esto de recordar, de volver a pasar por el corazón al decir de Eduardo Galeano, en este 2016, a 40 años del golpe de la brutalidad, doblamos la apuesta. Nos propusimos empezar a dejar huella en esos lugares donde los asesinos quisieron borrarlo todo, por eso, para arrancar la columna nadie mejor que Don Ata para hablar de las huellas. 
Y arrancamos por Derqui. Nos acercamos a una familia que sufrió y sufre este horror, la familia de Tomás Avelino Calderón, desaparecido el 26 de noviembre de 1977. Al “Negro” se lo llevaron de su casa en una noche negra, imborrable para sus hermanos y para su madre que ya no está, testigos fieles de aquel momento y que aún hoy lo siguen llorando. Fue así, junto a ellos, como comenzamos a rearmar esta historia, buscar a sus amigos, a sus vecinos del barrio y entre todos organizar una sencillísima ceremonia para colocar una baldosa por la memoria en la vereda de la escuela a la que había concurrido en su infancia. Con la invalorable ayuda del escultor y muralista Javier del Valle Barroso, sobrinos y allegados a Tomás, más el motor derquino Víctor Koprivsek, se construyó la baldosa que lo recordará por siempre en su pueblo y a la hora en que el mediodía se convierte en tarde fue colocada con el aporte de su cuñado y amigo que con sus propias manos la instaló. 
Y ahí sí se sucedieron innumerables anécdotas, la mayoría, “de llorar” y muchas “de reír”, como sucede en el devenir de la vida misma, que hicieron que el Negro estuviera allí, presente entre nosotros. Con palabras y hasta con una canción interpretada por los mismos que cantaban con él allá lejos y hace tiempo, nos fuimos dejando la huella de Tomás marcada en la vereda derquina, la misma que transitó su inocencia de guardapolvo blanco.
 
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