“Canto una canción de mi aldea natal/ Cuando todos están en profundo silencio/ Bajo húmedas estrellas, bajo vientos salvajes/ Hallando su rumbo a casa/ En algún lado un hombre habla dormido/ Junto al manantial del pelo de una mujer/ En algún lado el olor a leche materna/ Fluye entre la noche/ En algún lado los senos de jóvenes de quince/ Brotan como retoños del suelo/ Y en algún lado las toses de los viejos aldeanos/ Caen de las ramas como fruta madura/ Mientras la hierba permanece insomne toda la noche en el jardín canto una canción de mi aldea natal/ A la luz de la lámpara de aceite/ Dejada por mis ancestros/ La más adorable y la más triste de las lámparas/ Cuando yo nací mi madre la colocó/ Delante de mí para que pudiera mirar y aprender/ A ser triste, a amar y a llorar/ Canto una canción de mi aldea natal/ Canto a través de mi cordón umbilical/ Que fue enterrado allí/ Y se convirtió en una lombriz/ Reptando debajo de la jarra de agua/ Reptando por el borde del estanque/ Reptando a través de las tumbas de mis ancestros/ Reptando a través de las tumbas de los paupérrimos/ Levantando en su sendero roja tierra como sangre/ Canto una canción de mi aldea natal/ Huesos en cofres de terracota yacen/ Donde algún día los míos yacerán/ En esta vida soy humano/ En la próxima seré animal/ Pediré convertirme en un perrito/ Para salvaguardar la tristeza/ La joya de mi aldea natal”. (“Una canción de mi aldea natal”).
Poesía que Nguyen Quang Thieu escribió para su pueblo natal (Chùa) y que forma parte de su libro “Insomnia of Fire”. Nacido en Ha Tay es considerado el poeta más preponderante de Vietnam del Norte. Muestra un absoluto respeto por la antigua tradición literaria vietnamita –entorno y paso del tiempo- pero eso no le impide moverse en su poemario a través de metáforas y yuxtaposiciones actuales y si no menciona la guerra o casi no la nombra, ella es una herida sangrante en cada palabra, como podemos leer en “Las ejemplares”, que nos dice haber escrito para las viudas de guerra de su aldea.
“El tiempo fluye entre un inmenso vaso antiguo. Como langostas pardas, las viudas de mi aldea desaparecen, una por una, detrás de la hierba. Vientos manchados de rojo arrecian de vuelta desde el distante horizonte, sus dedos arañan con insania en la hierba deshecha. De pie en la carretera de la aldea, lloro como un niño que ha perdido a su madre. No puedo buscar viudas detrás de cada hoja de hierba en este vasto espacio./ Con largos palos sobre sus hombros, las viudas caminan por senderos gastados como los curvados espinazos de un millar de vidas de duro laborar. Dormidas, ellas caminan entre lluvias prehistóricas que caen cuando el alba se levanta de una noche febril/ Mis viudas, mis ejemplos, no llevan zapatos o sandalias; ellas esquivan los caminos que conduzcan a noches con luz de luna. Sus senos están cansados y oyen con dificultad; ellos no pueden oír los llamados de los hombres, que huelen a tabaco y a fangosos campos de arroz en noches en que el viento rueda por el jardín acezante. Solamente los ratones que comen arroz en ataúdes de madera pueden despertarlas; ellas se desvanecen de miedo al sonido de termitas cenándose aquellos ataúdes…” (Fragmento)