1.
Cuando salió del subte la lluvia era todavía más intensa. Estuvo caminando pegado a la pared y en la esquina de la avenida una ráfaga de viento casi le da vueltas el paragua. Iba mirando, a medida que avanzaba, el resplandor amarillo de las luces que en la vereda esperaban, pacientes, el demorado final de la madrugada. Pensó en ese ciclo infinito de luces y penumbras y vio que también allí vivía la rutina. Esperan, penitentes, se iba diciendo a sí mismo, la variación mínima de un tono que les permita apagarse todas las mañanas… lo mismo al encenderse por las noches. No podía recordar el momento en que comenzó a pensar de esta manera, a relacionar cada cosa que veía, o que le pasaba, con el porfiado capricho de la rutina.
Cuando llegó a la esquina siguiente oyó el sonido de un mensaje en el teléfono. Era Aldo, un compañero de trabajo que le avisaba de un corte de luz en todo el barrio, y que no tuviera apuros en llegar a la oficina. Miró a lo lejos, por la cortada, y vio toda la manzana a oscuras. Siguió entonces por la vereda de la avenida y se metió en un bar que había a mitad de la cuadra siguiente.
La rutina era una carga que él se había acostumbrado a llevar sobre la espalda, pensaba mientras cerraba el paraguas y lo metía dentro de un tacho de tambero antiguo al que alguien le había encontrado aquella nueva función. Pero no había sido siempre así, se decía; al principio, cuando recién se habían casado con Laura, cuando su hija Lola todavía era chica la vida se organizaba con muchísimos más colores y alternativas. No tenían, las cosas, la vida, ni el amparo ni las seguridades que él creía haber conseguido, y por las que tanto habían trabajado con su mujer, pero, en cambio, ahora pensaba que todo aquél esfuerzo, siempre tan lleno de riesgos y de incertidumbre, llevaba consigo la potencia, o por lo menos el ímpetu de las acciones que, al fin, hacían que se sintiera vivo.
Hoy todo era mucho más fácil, más práctico, más organizado y, sin embargo, detrás de esa vida en apariencia más simple, él sentía la acechanza de una sombra que parecía ir avanzando, lenta, implacable, sobre su voluntad.
Se terminó el café y miró la lluvia por el ventanal. La gente se encaminaba, soñolienta, apenas despierta a sus dispositivos celulares, hacia sus trabajos. Algunos padres llevaban, apurados, casi tironeando del brazo de las criaturas, a los hijos al colegio. Se acordó de Lola; qué rápido había pasado aquella etapa, los días en que él la dejaba en la escuela antes de entrar a la oficina. En su momento pensó que lo padecía, que era algo por lo que había que pasar porque había un futuro allí esperando que recompensaría todo ese esfuerzo. Hoy sabe que aquél fue uno de los mejores momentos de su vida, de la vida de los tres.
Pagó el café y se quedó, pensativo, mirando la expresión ausente del mozo que le daba las gracias y acomodaba el dinero en la billetera.
Ahora piensa que hoy es aquél futuro, y que, casi por el contrario de aquellas promesas, la relación entre ellos tres se fue desgastando. Su hija se había ido de su casa hacía casi dos años. Vivía sola en un departamento cerca de la facultad y más cerca aún de su trabajo. Se veían poco. Él ahora le conocía los humores y los hastíos a través de las redes sociales.
Con su mujer era distinto. De a poco consiguieron estar más tiempo juntos porque fueron acomodando los horarios para que eso sucediera. Ella se llevaba gran parte de las tareas de la agencia de publicidad donde trabajaba a la casa y siempre estaba allí cuando él llegaba. Pero igual ahora notaba que algo había cambiado. Si bien encontraron la manera de estar más cerca, en el plano sentimental la distancia se había hecho más importante. Habían crecido los silencios, las indiferencias y algunas otras formas del desapego. ¿Qué les había pasado?, se preguntaba mientras dejaba sobre la mesa un billete de propina; ¿se habían quedado sin desafíos, sin…?
Se puso el impermeable. Revisó los mensajes en el celular y pensó que hacía casi veinte años que trabajaba en un estudio contable, a tres cuadras de ese lugar, y que jamás había entrado en aquel café. Sacó el paraguas del viejo tacho de tambero. Cuando tomó la manija de la puerta de vidrio para salir la vio. Estaba sentada detrás de la caja registradora. Silvia, dijo en voz alta y ella levantó los ojos del monitor para mirarlo.
2.
A lo largo de casi todo aquel mes estuvo yendo a verla. Se levantaba cuarenta minutos más temprano y llegaba al bar cuando recién estaban abriendo. Silvia había sido su novia antes que él conociera a Laura. Habían llegado incluso a convivir algunos meses. Ella le contó que viajaba todas las mañanas desde Villa del Parque, que trabajaba en aquel bar hacía ya varios años. Estaba casi igual a como él siempre la recordaba. Le contó también que no se había casado. Que estuvo viviendo con alguien durante un tiempo pero que no había encontrado con quien entenderse del todo.
-Con vos me entendía –le dijo ella una mañana y él durante unos cuantos segundos no supo qué hacer con esa frase.
-Éramos muy chicos… -contestó y bajó los ojos al pocillo de café que tenía adelante, encima de la barra.
Fueron días extraños. Ese breve encuentro de todas las mañanas ahora le iluminaba la jornada entera. Encaraba las horas de trabajo con un entusiasmo al que creía ya olvidado, perdido para siempre. En su casa todo seguía más o menos igual. Con Laura los diálogos se hacían cada vez más cortos, les sobraban sílabas a las frases con que ambos se contestaban preguntas gastadas, como de un protocolo sentimental carente de sentimientos. Él la notaba casi siempre distante, algo sombría. ¿También ella lo veía a él de esa manera? ¿Qué quedaba de lo que habían sido, de todo aquél entusiasmo con que sabían mirar hacia delante? Había terminado por aceptar que aquella distancia, aquel desapego era algo que los dos lentamente fueron edificando, como una guarida que los iba protegiendo de su mutua incapacidad para poner en juego las cosas frágiles.
Hubo un fin de semana en que las cosas empeoraron. Él desapareció de su casa el domingo entero. Dijo que se encontraría con un par de compañeros de la oficina para adelantar un balance que debían entregar el lunes. Estuvo toda la mañana caminando por la ciudad. Comió un sándwich en la costanera y después se quedó viendo pasar las horas de la tarde sentado en el banco de una plaza. Sentía que el verdadero balance que se debía era el de los últimos años de su matrimonio. Estuvo tratando de concentrarse en esas cuestiones pero las horas fueron pasando y las distracciones (que era la forma habitual que tomaban sus pensamientos en los ratos libres) se fueron devorando una a una todas las pretensiones de reflexionar sobre cualquier cosa.
Cuando llegó a su casa, antes del anochecer, Laura no estaba. Tampoco la vio a la mañana siguiente cuando salió rumbo a la oficina.
Durante aquellos días el entendimiento con Silvia fue casi total. Creía haber encontrado los modos de comunicarse, o de entenderse con alguien, que estaban olvidados, sepultados debajo de años de un trato distante con todo el mundo. Ella le insinuó una mañana que fuera a conocer su casa de Villa del Parque. A él lo entusiasmó la idea y estuvo todo ese día pensando qué decir en su casa para ausentarse.
Una noche de esa semana estuvo dando vueltas en la cama sin poder dormirse. Laura, después de un rato, dejó el libro que estaba leyendo y apagó la luz de su mesa de noche. Él no podía dejar de pensar que estaba frente a circunstancias que lo empujaban a tener que tomar una decisión cuanto antes.
Faltaban menos de dos horas para que sonara el despertador cuando se quedó dormido. Igual se levantó a la misma hora de todos aquellos últimos días, cuarenta minutos antes del tiempo que necesitaba para llegar a la oficina.
Cuando salió del baño desayunó y se quedó esperando a que Laura se levantara. Sentía crecer los ruidos en la calle, del otro lado de la ventana. Va a ser un hermoso día de sol, pensó cuando la vio salir de la pieza. Tenía el pelo despeinado; se refregaba los ojos como lo hacía siempre, desde que la conocía. Pensó que eran las únicas cosas que quedaban de la Laura con la que se había casado hacía más de veinte años, pensó que era otra persona. En ese mismo instante entendió que también él lo era. Fue a su encuentro y la abrazó antes que ella entrara al baño. Empecemos de nuevo, Laura, le dijo. Ella apoyó la cabeza en su pecho. La sintió llorar como cuando eran jóvenes, casi unos chicos.