Los cautivos

Por Redacción Pilar a Diario 9 de octubre de 2016 - 00:00
de Mauro Peverelli

Las armonías del viento, dicen más al pensamiento, que todo cuanto a porfía la vana filosofía
pretende altiva enseñar.

¡Qué pincel podrá pintarlas sin deslucir su belleza!
¡Qué lengua humana alabarlas!

La cautiva
Esteban Echeverría

En ocasiones, cuando el primer lucero de la mañana presagiaba las horas templadas, él solía confundir aquel llamado con el canto de los zorzales. Ahora, después de más de diez veranos en la ciudad, y cada vez que principia un octubre de madrugadas calurosas, se despierta con la música de aquellas aves y recuerda el silbido en la boca de su hermana. Ella se levantaba muy temprano. Tenía un caballo al que le había quitado las cosquillas metiéndolo en la laguna. Tenía una sabiduría de niña hecha de atardeceres, de ignorar el origen de los impulsos que venía con la sangre de los antepasados. Su voz conocía el canto de todas las aves de la llanura. El sol no estaba todavía en el cielo y él escuchaba aquel llamado sonoro inaugurando las aventuras del día. Dejaba el toldo de sus padres y buscaba primero aquella voz y enseguida su caballo y después era sólo ver crecer la luz en cada una de las promesas que les planteaba la mañana.

Los años, el simplificado modo con que los huincas, los blancos, nombran a las cosas, hizo que se refiriera a todo aquel universo de impresiones como juego de niños, o diversión. Pero él sabe que hay allí todo un mundo que jamás recuperará y que no se puede encerrar en un par de palabras. El tiempo ha ido borrando de su memoria un sin número de cosas; sin duda la que más lamenta es la lengua de su pueblo.

Eran todavía muy chicos la madrugada en que el ejército irrumpió en la toldería y sobrevino la matanza. Su hermana boleó las patas de un tobiano y él aún recuerda al soldado volando por encima del pescuezo del caballo cuando el animal cayó al piso. Fueron a esconderse a una hondonada donde siempre pescaban ranas con un cordel y una vara. Había otros niños llorando. Todavía recuerda el olor de los cueros quemándose y el griterío. 

No les dejaron ver a los muertos cuando los cargaron a ellos en las carretas. En su memoria hay ahora muchos colores de aquel viaje. Los tobillos lastimados de una mujer junto a la cual lo habían atado. Su hermana iba en otra carreta y él ahora sólo recuerda el gesto apagado cuando la vio en momentos en que los hicieron tomar agua de una laguna. Pero es la ciudad y su prepotente simetría de calle y de esquinas lo que todavía está en los ojos de ese niño que él fue aquella mañana blanca en Buenos Aires. Un carro donde las negras esperan su turno para cargar sus cántaros con agua. Un gaucho apagando los insultos de un atrevido con el visteo de su cuchillo en un costado de la cara. La ronda que enseguida se forma cuando los demás salen del boliche; la cobardía y el odio en una docena de bocas arengando a los gritos el coraje de los otros. 

El sol había cruzado todo el cielo cuando los hicieron bajar de las carretas y los trasladaron a los galpones en el Retiro. Allí vio a negros engrillados que después encontró en la plaza del mercado acarreando los cuartos de las reses que las señoras apartaban con sus compras. Durante varios días vio desfilar a familias enteras eligiendo a los más fuertes y los más sanos entre todos ellos. Separando a madres de hijos, a hermanos. Aparecían con sus ropas de fin de semana y a veces dejaban que sus hijos eligieran como parte de un juego en el que convivían la inocencia y el despojo. 

Le llegó con el tiempo la noticia de que su hermana vivía en la casa de los Miranda, casi a las afueras de la ciudad. Los Miranda no tenían hijos ni sirvientes y ella desempeñaba estas dos funciones. En la lengua de su pueblo ella se llamaba Lepin Caulla, que significaba pluma que brilla. Quizás por esto él no podía imaginarla encerrada en un cuarto, ni ataviada con las ropas de los huincas. En su recuerdo ella era libre como la pluma en las alas de un ave.

Al principio también él se sintió prisionero adentro de aquellas ropas. Tenía en los ojos la desmesura de la pampa infinita entonces le quedaban chicos los patios, la casa y aquella ciudad de ladrillos y de barro. Sus patrones casi no estaban en Buenos Aires. Tenían una casa en el campo. Tenían una hija todavía niña y dos hijos varones estudiando del otro lado del océano y él apenas los veía algunas semanas en el año. Era con Solomon, el mayordomo negro, con quien él se entendía. El negro le enseñó a hacer las tareas de la casa; a herrar los caballo en la cuadra; a conseguir la leña con la cual llenar un par de carretas; el lustre laborioso de la madera, los cristales y la porcelana. 

Solomon le enseñó a leer. Le indicó que la mejor manera de entenderse con los huincas era conocer a la perfección la lógica de los números. A él lo sorprendió que fuera casi únicamente en el álgebra donde los blancos se resignaban a la noción de infinito. El negro era severo y a la vez ecuánime. Una vez le contó que había llegado hasta allí de una tierra muy lejana, donde los dioses no tenían el rostro de los hombres. Había viajado en un barco. Le contó que una prostituta española, que viajaba de polizón con ellos en la bodega, para matar las horas repetidas, les enseñó a leer en su lengua a todos los niños escribiendo con un carbón en el casco del navío. 

Él veía la cara blanca en el retrato de la hija del patrón y se acordaba de Licón Mantu. La habían traído prisionera a la vuelta de un malón donde venía también otra niña y un centenar de cabezas de ganado. En la toldería les habían lastimado los pies para que no se escaparan y a él le llamó la atención que Licón Mantu jamás dejó caer una lágrima. Estuvo durante días sentada, cantando sola a la entrada de un toldo y por eso le pusieron ese nombre, que significaba el grillo bajo el sol. Él supo después que Licón se había convertido en la mujer de un cacique que se había levantado contra los huincas, que lo acompañaba en las incursiones y era más valiente que muchos guerreros en el fragor de la batalla.

Fue Solomon quien le trajo la noticia de que su hermana había desaparecido de la casa de los Miranda. Es por ello que él ahora no duerme. Vigila las noches oscuras mirando el cielo. Quiere volver a acostumbrar los ojos a las inmensidades porque sabe lo que viene. Intenta entonces despegar los paisajes que lleva en su memoria de la lengua de los huincas; anhela que no se le vuelvan pequeños como una sentencia al momento del reencuentro.

Sobre el final de la quinta madrugada oyó el canto nítido del ave. Todavía no cantan los zorzales a mitad del otoño, se dijo cuando salió a la calle. En el apagado silencio de la aurora sintió primero el galope y después vio el caballo; vio enseguida la pluma pintada en la frente, encima de los ojos de su hermana. Se tomó del brazo que ella le estiraba por afuera del poncho, sin detener la marcha. Cuando estuvo junto a ella encima del caballo se fue quitando las ropas que había usado para vivir entre los huincas. Se dio vuelta para mirar hacia atrás y vio flamear el blusón pálido que acababa de soltar de la mano. Allá lejos vio la ciudad pequeña apretada a orillas del río, ya casi perdida en la llanura y debajo del cielo inmenso. 

Mauro Peverelli 



Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar