Y sí señoras y señores, niñas y niños, aunque las mañanas aun sean frescas, la doña se acerca inexorablemente. La anuncia el sol que se huele en mi ventana, las flores que tímidamente empiezan a aparecer, imponiendo su perfume y su color, el rumor de los pájaros y ese verde que va tiñéndolo todo. ¿Será por eso que somos muchas y muchos a los que también nos brotan unas tremendas ganas de vivir aunque el invierno haya sido crudo? Es que como dice el Cuchi Leguizamón en la Zamba del Laurel: “con el verde regreso a la vida”.
A mí no me quedan dudas; ya pasé por varios inviernos crudos, algunos duros, durísimos diría y septiembre siempre me trajo vida, esperanza, luz y un enorme deseo de agradecer.
Y como esta época del año también es poesía, de esas que con su aire fresco, suelen colarse en esta columna, comparto con ustedes un fragmento de un bellísimo texto de José Portogalo.
Canción de la primavera de 1934
“Desde lo más hondo de las raíces se alzan los
brazos de la primavera. Y la primavera mueve todos los pájaros. Mueve todos sus pétalos. Mueve todas sus hojas. Y una malla de cenizas rubias, de piel de mariposas, ciñe los muslos del día que se levanta como un Arco Iris y asoma sus pies descalzos sobre la timidez de los pastos; en las campanas; sobre los trigos, o sobre las aguas.
¿Dónde nace el grito que hace que el corazón se
regocije y cante.
-girando como los astros, como las peonzas violentas-,
y hace que yo me acerque a vosotros y os ofrezca mi
sueño que sube por mis palabras como la primavera por
las raíces? ¿Qué viento es el que, suave como los musgos, y desprendido de los horizontes, o de alguna turbina
eléctrica me trae este grito que se rodea de puntas de sol
ardiendo que me subleva la voz como el filo de un arado la
pulpa de la tierra, y que me penetra –como una voz de mando- hurgándome las carnes?
Hay pureza de sexo virgen en la tierra que se ofrece como una doncella. Hay levadura de harina limpia que nos dilata los ojos y las sienes.”
Termino de leer este poema, salgo a la calle apurando el paso y canturreando: “Hay que sacarlo todo afuera, como la primavera, para que adentro nazcan cosas nuevas, nuevas, nuevas”. Y aunque no lo creas, o sí, casi sin darme cuenta, voy sonriendo.