“Cada vez que los dos horneros, en pareja, chillan a su turno, como si conversaran, el abuelo, si está chupando el mate, deja la bombilla y los mira; si está con la pava en la mano, la pone sobre las brasas y otra vez los mira. El abuelo está sentado en un banquito enano y hace espaldas a la pared del rancho que da al río porque es de mañana. Sólo de mañana los horneros chillan así, con esa alegría. Ellos también se cansan, y debe ser de mañana cuando mejor trabajan. Además, como estamos en setiembre —que es el tiempo de las pandorgas—, el nido está casi hecho y los pájaros deben de estar contentos, como yo, cuando le pongo los flecos a un barrilete y ya no me queda por hacer más que los tiros y la cola. Estoy tratando de hacer una pandorga porque ya es el tiempo. Ando todavía por el armazón de lo que será, si llego a conseguir papel de seda, un lindo medio mundo, con las estrellas y los orejones para arriba y los flecos debajo. Pero, a causa del papel de seda, no tengo apuro. Afiné las cañas como nunca, deshilaché una bolsa que me dio el abuelo (no tenía cómo comprarme piola) y até con fuerza los dos cuadros. Los horneros siguen chillando, y ahora yo también suspendo mi trabajo, no por ellos tal vez, sino por ver si el abuelo sigue interrumpiendo su mate. A veces no miro al abuelo y miro directamente a los horneros porque ellos están alegres, trabajan con apuro, y yo, no. Del abuelo nunca se sabe si está triste o alegre. Como lo he mirado varias veces, hoy me ha parecido que tiene más arrugas y más barba que antes; me pareció más serio, casi enojado, o triste. ¿Será por eso que mira a los horneros como si nunca los hubiese visto?




