Hace ya algunos años, cuando despuntaban los 2000, Eduardo Galeano estrenaba su maravilloso libro «Patas para arriba – La escuela del mundo al revés». Sobre el final de la obra, el maestro expresó sus más profundos deseos para el siglo que empezaba, porque «aunque podamos adivinar el tiempo que será, sí tenemos el derecho de imaginar el que queremos que sea.»
Con su pluma afilada, decía «los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas; la comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos; nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión; los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle; los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos; la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla; la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla; los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar.»
En tanto yo, humildemente, y con el debido respeto, dadas las vivencias de los últimos días agregaría: en los barrios ya no habrá más comedores ni merenderos porque a nadie le faltará su alimento y la mesa familiar volverá a ser el centro del hogar; no habrá más subsidios ni subsidiados porque no habrá quien los necesite; no habrá más centros de evacuados, ni colectas de ropa, alimentos o agua porque no habrá más inundaciones provocadas por los negociados de unos pocos y porque la madre tierra volverá a ser respetada por todos.
Difíciles estos tiempos que nos tocan vivir donde son tantos los sufren mientras los que tienen el poder y los que desean tenerlo, con todas las armas, válidas y no, luchan para ver quién se queda con la torta cuando otros, los mismos de siempre, «los nadies» se arremangan para sacar las papas del fuego. Por estos pagos hay dos candidatos que se declaran ganadores, dando un espectáculo que roza con el absurdo, ninguno de los dos quiere perder, aunque en realidad los que pierden son siempre los mismos. No se dan cuenta que de una manera o de otra todos estamos con el agua al cuello, ellos también.
Pero tengan cuidado, muchachos, que, como diría el Martín Fierro, mientras ustedes se pelean, los devoran los de afuera.