“El poema,- , el que anhelo/al que aspiro, es el que pueda leerse en voz alta sin que nada se oiga/Es ese imposible el que comienzo cada vez, es desde esa quimera- que escribo y borro” (“Confesión”).
Acostumbrado al silencio en las largas noches de un monasterio trapense, Hugo Mujica recrea la palabra como mero espacio reflexivo, poética de renuncia, expresión de vida, de asombro ante la mera existencia, lo convierte en un hombre de pensamiento, más que filósofo, un hombre en constante escucha de lo que le dice el mundo. La palabra, su palabra convertida en poética ocupa el núcleo de sus reflexiones, poesía de renuncia de sí mismo trasmutada en intriga que trata de contestarse a través de la literatura.
“Quieto,/como no moviéndose/para que la sangre no rebase /la boca/Quieto,/como sintiendo un pájaro herido/en la palma de la mano/sin cerrar la mano/sin abrir los ojos./Hay una fe que es absoluta: una fe sin esperanza”. (“Alba”).
Nacido en una familia obrera a orillas del Riachuelo de formación anarquista, a los 13 años se convirtió en sostén de su familia por un accidente de su padre. Trabajó de día y estudio de noche terminado su secundario y un curso en Bellas Artes. Con U$S 37 y una visa de turista, a los 19 años viaja a Nueva York, ya en Greenwich Village, en los 60, participó desde su pintura en el movimiento sicodélico.
Tropieza con los hare krishnas entrando en una etapa mística donde conoce a Allen Ginsberg quien lo introdujo al gurú Swami Satchidananda. Junto a este último comienza la búsqueda del camino que lo conduce a un viejo monasterio de la Orden Trapense dónde se queda viviendo como monje bajo voto de silencio por siete años, y si bien silencia su boca libera su palabra escribiendo.
Mujica perteneció a aquella juventud que encontró en Cuba una alternativa a una sociedad injusta, competitiva y de consumo, que vivió con horror Vietnam y que probó todo en busca de una manera de vivir que pudiera cambiar el materialismo que lo asfixiaba.
“A lo lejos, en un atardecer/en que el otoño/es un lugar en mi pecho,/comienzan a encenderse las ventanas, /mi nostalgia/por estar donde bien sé que al llegar/volvería a estar afuera. /Duelen los ojos de soñar tan a lo lejos /la frente de pensar/lo impensable de tanta vida/que no he abrazado,/tanta deuda de lo que no he nacido. /Poco a poco se apagan las luces,/es el lindero de una noche y otra noche, /la frágil vecindad /del miedo y la esperanza. /El último día podría ser éste que termina,/esta noche/en la que aún escribo /igual, pero sin una ausencia nueva/para seguir esperando”. (“Noche adentro y no duermo”).