Por Víctor Koprivsec
Es el paso del tiempo, es arena endurecida. La roca se fue forjando en medio de lluvias y vientos que erosionaron su talla, que aplanaron su estatura. Una parte del todo. Un pedazo de la estrella muerta.
Para romperla hacen falta cosas, sin embargo, no es tan fácil. Para cargarla hacen falta cosas, pero tampoco se logra así como así. Porque la roca es una montaña y es una rugosidad, un pedazo de insomnio, un silencio de siglos.
No hablo de una piedra, de esas que se encuentran o se patean, ni siquiera de esas que se suben a las catapultas y son arrojadas en las guerras bárbaras. Hoy o mañana, ayer y siempre. No. Hablo de una roca, una columna, un bloque sólido inquebrantable, algo sin grietas.
Es una roca y es una contradicción. Es una roca y es una bandera.
Es la que quedará después de semejante torbellino y del fuego, la que no se irá nunca porque ha nacido para quedarse, en su lugar, en su origen y destino.
Si se la escucha bien, en sus confines de hielo, hay latidos de antepasados y truenos que estallan y golpes de martillos que caen y rompen cadenas y sueltan gritos.
Es la roca la que calla. Es la roca la que permanece inmóvil en la altura o en el llano o en el fondo del océano. Soportando nada, acorazada.
Vas a chocar, pibe. Vas a romperte la cabeza, vas a sangrar.
Porque el tiempo que se fue moviendo hasta pulir semejante estructura, ha hecho más que juntar miles de millones de pequeñas partículas y sellarlas. La memoria.
Eso es. La memoria de un planeta en llamas. Un carbón inestable que se volvió nervadura. Una plataforma de estabilidad impecable. Algo sin retorno.
Muchas cosas pasan en el Partido de Pilar, sus barrios son como ríos que andan con sus torrentes de furia. Eslabones de un todo mayor que no se queda acá. Punto de ebullición ensombrecido.
Culturalmente, hay una contradicción que no se dice, no sale en las canciones, ni los versos, ni los cuadros. Es algo tan violento que se teme.
Están atados los cabos y las salidas, selladas las puertas y las manos. Esa contradicción sostenida y oculta y separada de la belleza como una oveja negra, es el alimento que se aparta del plato, es el bocado de sal.
No importa, ya llega el día. Que valga la pena pues tantos minutos respirando y comiendo en este mundo de locos.
La roca sigue ahí, intacta.