Soy mano: No nos robarán la esperanza

Por Graciela Labale

31 de octubre de 2015 - 00:00

Más allá de los unos y los otros, de resultados electorales a favor o en contra, de mi pensamiento o el de ustedes, la vida sigue. Tratando de no herir a nadie, de no lastimar, creo firmemente que no vale la pena, es interesante escuchar todas las voces y sacar conclusiones propias. Obviamente sin  olvidar la historia pero siempre mirando al futuro, con tolerancia y comprensión deseo sinceramente que tratemos de construir, siempre construir.

Por estos días leí muchas cosas pero hubo una que me conmovió, y más, viniendo de quien viene. El autor es César González o Camilo Blajaquis, según reza su seudónimo. Él es un joven que vive en el barrio Carlos Gardel de El Palomar, Partido de Morón, conurbano bonaerense. Como le gusta contar, en la cárcel aprendió a amar los libros, que según sus palabras «lo salvaron». Hoy es un destacadísimo poeta y cineasta que vive en el mismo lugar en el que se crió y sigue narrando o filmando lo que ocurre en esas barriadas siempre postergadas. 
El humor de las masas
Tan solo sentir cerca/el viento del fascismo al poder/ te hiela los huesos./ Las masas a veces hacen revoluciones pero otras veces eligen a quien les roba el futuro y les absorbe el amor/
A veces las masas pueden ser románticas y otras veces 
son así de crueles/ por eso en el pasado lejano sonreían a carcajadas ante las hogueras con carne humana ardiendo/
por eso en el pasado cercano de mutuo acuerdo simularon sordera ante el grito estremecedor de miles que desaparecían/ por eso en el presente inmediato anhelan desgarrándose el espíritu/ ver pibes pobres muertos y premiarán al mayor justiciero y en el futuro cercano y lejano seguirán diseñando
novedosos apartheids y nuevas fronteras/Modernizarán el odio y harán castigos con más dolor.
Durísimo Camilo, deja pensando. 
Pero otra de las lecturas que hice en estos días es la de un mito de los griegos de la época clásica: la historia de la caja de Pandora. 
Pandora es una mujer muy bella y es quien regala a Prometeo dicha caja. Prometeo deja la caja en un lugar y por un descuido, su hermano la abre sin saber que en ella los dioses habían encerrado a todas las desgracias, que sin dudarlo salen a desparramarse por el universo, sin más ni más. Prometeo, viendo que de la caja escapaban la desdicha, el desamor y el sufrimiento, se abalanza rápidamente sobre ella y logra cerrarla, dejando atrapada al menos una cosa: la esperanza. 
Por Dios, cuidémosla, ¡que no nos roben la esperanza!
Y si no, tratemos de «Inventar un viento», como dice mi amigo Koprivsek, para que la desparrame por todos los corazones. 
 
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