Octubreando: Papeles salvajes

Por Horacio Pettinicchi
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13 de octubre de 2015 - 00:00
“Al ascender, Cúmulo Místico, se le veía entre las piernas la valva redonda y rodeada de pétalos, de coágulos, como una dalia de muchísimos pétalos. Había encontrado el camino al cielo.” 
“Recuerdo la vieja cómoda que perteneció a mi abuela, con su alto espejo donde se miraran mi madre y sus hermanas. La antigua mesa a la que nos sentábamos con sus fuentes fragantes, los temblorosos budines. La cocina donde mi abuela reinaba. Sus olores. Recuerdo las rosas alrededor de la casa, grandes como repollos, el jardín era muy grande. Mi madre me contaba que antes de que yo naciera en ese lugar había muchísimas flores. Más que en otros sitios, era el jardín por definición. Recuerdo la música de las casuarinas de hojas finitas que el viento movía. Su sonido tan envolvente y la leve felicidad que nos envolvía como un velo sagrado de otros mundos. Mi infancia está en los campos, los árboles, los demonios, los perros, el rocío; quedó en medio del arvejal, y adentro de la casa; a veces venía a visitarme el arco iris, serio como un hombre, las larguísimas alas tocando el cielo. Mi infancia es la luna, patente como una rosa, y el grito de los muertos”.
Así nos contaba Marosa di Giorgio, poeta uruguaya de su mundo marosianio, imágenes que le permitieron parir sus pequeños poemas-pánicos de conformación desusada, donde lo humano, lo animal, lo vegetal no están separados, sino mezclados con algo de leyendas célticas; donde los muertos conviven con los vivos, y ella, la escritora, se convierte en gran oficiante sin sexo ni edad. Canto a la naturaleza y a sus mutaciones, la vida en plenitud, el miedo, la soledad, la sorpresa y el deseo es una constante. 
“El bosque de casuarinas donde un día se presentó el Diablo/-¿Se presentó el Diablo?/ 
-Sí, y todo tejido en lana roja y negra. Como una manta y un saco/Yo era chica y dije: -¿Qué es un diablo?/Era adolescente y quedé alelada/Era una mujer y quedé picada.
Me le acerqué, pero no mucho, porque no se podía; a ratos, parecía que no estaba. De pronto dije:-Yo soy una princesa. Pero, legítima; no de pacotilla como las que salen en los diarios/Al oír esta oración extraña, parpadeó, aunque sus ojos eran inmóviles, y algo se asombró/Quedaba tieso. Parecía un objeto, un tejido olvidado. Yo, por aliviar las cosas, vencer esas extrañezas, fui hasta la cocina, tomé, desde un platillo, dulces de higo, salí a mirar las ramas. Pero, él ya estaba allí; con un salto invisible y opaco, ya estaba allí. Le dije: -Diábolo/Él contestó: -Mariposa Glicina. Y Glicina Mariposa/ Llamándome así por mis nombres prohibidos, pues, por salvarme de todo mal, no me habían hecho figurar en el Registro. Me acerqué a su lana. Él dijo: -Vayamos a los infiernos donde están nuestros hermanos/-¿Cómo…?!!/Di un grito que no se oyó. Pero, le tendí los dedos, que él acarició por sumo instante. Pidió: -Y dame las cosas de abajo.
Aunque parezca mentira me acerqué y separé las piernas. Él buscó y encontró los orificios; lamió y hendió; uno a uno, los lamía y los partía. Yo, un poquito, brincaba. Dijo: -Vayamos al infierno, ya. Eres de las que sirven bien. Vamos, bromelia, móntate en mi lomo. Y vamos”. (De “Los papeles salvajes” 1991). 
 
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