Balada de un hombre común

13 de julio de 2014 - 00:00
Iniciaste un trámite, creíste que iba a ser algo sencillo, pero se está complicando.
Tenías todos los documentos, la certificación, la fotocopia 2.417, todo.
Falta una firma, te dicen. Vas a otra ventanilla, otro edificio. Subís escaleras, hacés colas. Y, esperás. Esperás. Mucho esperás. Hasta que alguien te atiende. Pensás en sonreír, pero no. A la segunda pregunta, se suman nuevos requerimientos. Pedidos inverosímiles. Entonces, ¿qué hacés? ¿Reís, llorás?
Te angustiás, de eso no hay dudas.
Estás solo en un laberinto y sabés que no vas a encontrar la salida.
A los días, cuando te ves con un amigo y le contás lo sucedido, seguramente, le vas a decir o, te lo dirá él, que todo fue muy “kafkiano”. Eso que no podemos explicar muy bien, pero sabemos de qué se trata.
Quienes sí saben exponerlo y lo hacen como pocos, son los hermanos Coen. Joel y Ethan Coen.
En sus películas, siempre nos vamos a encontrar con grises y solitarios personajes, los que atraviesan la trama enfrentándose a una serie de situaciones tan complicadas como absurdas.
El protagonista de “Balada de un hombre común” (2014), el cantautor folk, Llewyn Davis, es otro perdedor, esclavo de su destino. Como antes lo fue Barton Fink (“Barton Fink”, 1991), el Dude (“El Gran Lebowski”, 1998) o Ed Crane (“El hombre que nunca estuvo allí”, 2001). Ellos quieren tener otra vida, hasta la planifican. Pero no hay caso. Uno, dos, tres hechos fortuitos y todo se va al tacho.
Luego de un show en “The Grey Bar”, alguien espera a Llewyn a la salida. Sin mediar palabra, le da una trompada y lo pone de jeta al piso. Si hubo algo de felicidad sobre el escenario, acaba de borrarse.
Al otro día, en el departamento de un matrimonio amigo, solo tiene la compañía de un gato. Abre la ventana para tomar un poco de aire y el gato que se escapa. Ahí, en ese instante, advertimos que empiezan los problemas. Una película de los Coen acaba de comenzar.
Son los tempranos 60´s y es invierno en New York. Un lugar muy frío cuando no se tiene dinero en los bolsillos. Para colmo, la mujer de su amigo está embarazada. ¿De quién? No lo sabemos. Mejor, escapar, dirá el bueno de Llewyn. A probar suerte donde sea. Grabando un tema comercial o viajando a Chicago, con un cocainómano músico de jazz que no parará de rebajarlo con cada comentario. El siempre brillante John Goodman.
Los Coen son geniales a la hora de diseñar sus puestas de cámara. Creemos estar ante una estética realista hasta que asoma lo pesadillesco, lo ilógico. En el decorado, la música o el sonido.
Para enfatizar el clima “kafkiano”, la película está montada sobre una estructura circular, la que parece culminar donde todo comienza. Digo parece, porque en ese bar, donde Llewyn Davis solía tocar, llegó a cantar sus canciones un particular y conocido personaje que cambió esa historia y la de muchos de los que estamos del otro lado de la pantalla.
Así es esta película, música y cine. ¿Necesitamos algo más?

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