APUNTES DESDE LA OTRA VEREDA: Mañanas campestres

domingo, 27 de abril de 2014 · 00:00


por Hernán Deluca

Pasada la siesta, el barrio abre los ojos para darle la bienvenida a los sonidos de otro sábado excitado.
Un rock ochentoso emerge de un auto que es lavado con cepillo, detergente y manguera. Por la calle Martignone, un grupo de chicas pasan en bicicleta y ríen al ver a un flaco desgarbado que sale de su casa y deja caer sus llaves para observarlas alejarse. En la esquina, el vecino le grita a su mujer por enésima vez y, acá al lado, el perro de mierda no para de ladrar.
Era el año 1994. Yo andaba con las zapatillas rotas y desatadas, la bermuda ancha y gastada, los rulos al viento y algunos persistentes granos en la frente. Iba de mi casa a la de Diego, a planear la noche que nos esperaba.
En el trayecto, en esos veinte, treinta metros, tarareaba una canción. Una pieza musical que se había convertido en el leiv motiv de mis días: “No creas en todo lo que respiras… Soy un perdedor. Soy un perdedor, nena… Entonces, ¿por qué no me matas?”. Yo la canturreaba contento y, más allá de la lírica, me ponía las pilas. Aquella ironía me empujaba. Era un “Loser” feliz.
“Odelay”, la cima de su estilo, dominado por el collage sonoro, vino un par de años después. Pero, para esa altura, todos sabíamos quién era Beck.
Para definirlo desde el sonido, Beck (nacido como Bek David Campbell, Los Ángeles, California, 8 de julio de 1970) es folk, funk, soul, hip-hop, rock alternativo, country y psicodelia.
En la década del noventa, el tipo sonaba hasta en los programas de la tarde. Fue por eso que, cansado de escucharse, que le pidieran siempre lo mismo, bajó unos cuantos cambios a una exposición indeseada y se corrió de la tormenta, sin dejar de hacer música.
Sin embargo, mi oído andaba por otros caminos, teniendo a Beck como el recuerdo de aquellas tardes de juventud.
Debe ser por eso que sentí una agradable sorpresa al escuchar su nuevo trabajo, “Morning Phase”. De alguna manera, Beck siempre estuvo ahí, creando, dándole a la guitarrita, mientras el mundo daba vueltas sin sentido.
Construido con paisajes acústicos, las nuevas once piezas ofrecen una especie de esperanza matinal. Como la de estos días, donde el calor del sol tempranero parece llenarte de vida.
Desde la apertura, con “Cycle” hasta el cierre con esa maravilla titulada “Morning Light” encontramos una música colorida y profunda, sensaciones logradas gracias a las cuerdas, orquestadas por su padre, el prestigioso David Campbell.
Los años dan seriedad y debe ser por eso que la sátira o el cinismo de sus letras han sido reemplazadas por serenas reflexiones. Extraño un poco la ironía, es cierto, pero, está bien, llega un momento donde se debe pisar con madurez. La que se puede apreciar en una voz que luce luminosa o en instrumentos como el banjo, cuerdas que nos llevan a lo más profundo de su tierra.
Tierra, sol, color, esplendor. Sí, la música sigue amparando.

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