OCTUBREANDO: El cazador de palabras

por Horacio Pettinicchi
lithorachi@gmail.com
martes, 6 de agosto de 2013 · 00:00

“Yo espero en esas mesas, como un cazador con la escopeta amartillada, que caiga la historia. Si uno está alerta siempre aparece. El escritor es un espía que anda por el mundo tratando de robar cosas en un lado y en otro para alimentarse”. (Antonio Dal Masetto).

Recuerdo cierta noche de verano de 1985 cuando en un bar del Bajo, desde otra mesa, alguien me preguntó: “¿Leyó el ‘Nunca Más’?”. La voz pertenecía a un anciano que tenía un cuaderno abierto delante de él. Había estado escribiendo, usaba lentes de vidrio muy gruesos y parecía que tuviera dificultades para descifrar sus propias anotaciones. Dijo: “Registran 8.960 desaparecidos, hombres, mujeres y chicos, casi 9.000, pero seguramente son muchos más y es probable que jamás se sepa la cantidad real”. Yo asentí. El anciano insistió. “¿Esa cifra le dice algo? ¿Sería capaz de imaginar 9.000 pares de zapatos?”. “No, creo que no podría”, dije. El anciano se concentró un momento en su cuaderno y volvió a hablar. “¿Sería capaz de imaginar 9.000 cuerpos?”. Dudé nuevamente; contesté: “Tal vez pueda imaginarse una concentración de 9.000 personas vivas, en una plaza, en la calle, en una cancha de fútbol, pero no de otro modo”. Y el anciano: “Estuve haciendo algunos cálculos. Intenté pensar en 9.000 cuerpos acostados en el suelo, uno a continuación del otro, la cabeza de uno contra los pies del siguiente: ¿Tiene idea de qué distancia podrían llegar a cubrir?”. “No podría decirlo”, contesté. “Supongamos que colocamos el primer cuerpo justo en la entrada de la Casa de Gobierno a partir de los dos granaderos, y desde ahí hacia el oeste, todos los demás; y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿sabe adónde llegaríamos?”. “No lo sé”. “¿Quiere seguirme en el recorrido?”. Asentí. El anciano: “Avanzamos por la Plaza de Mayo, bordeamos el monumento a Belgrano, la Pirámide, los canteros florecidos, desfilamos ante la Catedral y su antorcha, el Cabildo, alcanzamos la Avenida de Mayo; y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿me sigue?”. “Lo sigo”. “¿Prefiere que tomemos por la vereda de los números pares o impares?”. “Lo que usted diga”. “Dejamos atrás la Municipalidad, cruzamos Perú, algunas librerías, negocios, bares y alcanzamos la 9 de Julio, ¿estamos?”. “Estamos”. “En la primera plazoleta pasamos frente a las dos figuras femeninas que simbolizan la Virtud y la Sabiduría: más allá, enfrente, la ridícula caricatura del Quijote; recorremos las últimas cuadras de la Avenida de Mayo; después viene El Pensador, la fuente, las palomas, el edificio del Congreso, El Molino; seguimos por Rivadavia y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿me está acompañando?..”.

 

“Recordar” (fragmento)

Un rostro enhuellado en vida, un mirar triste, tal vez memoriando a sus entrañables amigos Osvaldo Soriano y Miguel Briante. Antonio Dal Masetto llegó muy joven a estas tierras junto con sus padres que venían escapando de la monstruosidad de la guerra en su Italia natal. Su hablar, a igual que sus textos, es seco, sin adornos, en ese castellano aprendido en la calle o en las revistas que caían en sus manos cuando chico.

Hombre de muchos oficios, escribe en un estilo sobrio, contenido, con un compás vertiginoso, en un constante ir y venir en búsqueda de lo que él denomina “algo de verdad”. Es famoso su apego a los bares del Bajo, donde va en busca de sus personajes.

“La escritura es un oficio como cualquier otro. – nos dice- .Así hay que entenderlo al menos del punto de vista práctico; un oficio en el sentido que requiere primero creer en él: pero eso no alcanza; hay que tener disciplina y obstinación, hay momentos duros, de mucho vacío, donde parece que la literatura te abandona; pero nunca te abandona del todo: siempre hay motivos para seguir escribiendo”. (Antonio Dal Massetto)

 

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