APUNTES DESDE LA OTRA VEREDA: Gracias mentiroso

domingo, 21 de julio de 2013 · 00:00

  

por Hernán Deluca

 

Gambetear es mentir. Es darle una poderosa e inusitada movilidad a la cintura. El gol, la rabona o el taco, todo muy lindo, pero no, la efectividad de la gambeta es temible. Hiere, humilla, castiga al mediocre y al normal. Silencia, enloquece, eleva los brazos, quema las palmas. Alimenta. Llena el corazón de fútbol.

La anécdota es conocida. Un amigo de la familia lo trae a Buenos Aires para que se pruebe en dos instituciones de renombre donde, supuestamente, había unos contactos. El pibe acompaña, tiene muchas ganas de mostrar lo suyo, pero algo calla.

Vamos a River, dice el mocoso. ¿Qué? No, muchacho, yo tengo conocidos en Boca y en Independiente. Vamos a River. No, no entendés, ahí sos uno más, no sabemos si quedás. Vamos a River.

A ver, levanten la mano los que juegan de delantero. Uno, dos… ¿300?

No le importó al pibe. En esa primera prueba hizo dos goles. Uno fue de chilena.

Al tiempo, llegó la citación. Risas y llantos se escucharon en una humilde casa jujeña. Padres y hermanas sabían que esa banda que, desde la cuna, latía en la piel, ahora se iba a lucir en la camiseta amada. Ellos lo sabían.

En la mayoría de los casos, la gambeta se aparece como una sutil pincelada en el medio de la batalla. En ese arte, si, arte, el Burrito Ortega fue el mejor.

No me vengan con ir al teatro para ver a Alfredo Alcón o presenciar un recital de, no sé, Paul McCartney. No jodan. Nada se comparaba con verlo jugar a él.

El pasado sábado 13 de julio, Ariel dejó el fútbol. Dejó de jugar. Luego de prolongar el final, colgó los botines. Hasta duele escribirlo. Para colmo, se mezcla la tristeza con la bronca, con saber que ya no hay jugadores así. Porque no hay.

Genio, deidad, héroe, el jujeño fue de los mejores de las últimas dos décadas.

Al comienzo, no se la hicieron fácil. En uno de sus primeros entrenamientos, Ortega le metió un caño al Pipa Higuaín, quien contestó la desfachatez con una patada. Calladito, se levantó y lo siguió encarando A cada patada, un nuevo encare. En un intento por apaciguar el papelón, Comizzo gritó: “No le pegues más… este se la banca en serio”.

Habilidoso con garra, inteligente en la velocidad. Créanme, no hay más.

Son muchos los recuerdos, las imágenes que el hincha de River atesora. Siempre, sonriendo, con las medias bajas, las canilleras asomando, la banda roja en su pecho. Un enorme corazón que gambeteaba (engañaba) hasta a los fotógrafos.

Históricas actuaciones frente al clásico rival, Boca Juniors. El Burrito se agrandaba en esas paradas, como todo crack, sabía cuáles eran los partidos importantes. Gran año el ‘94, haciendo desastres en la Bombonera (hasta los xeneixes lo aplaudieron) y en el Monumental. El Colorado Mac Allister todavía lo anda buscando.

La mayoría de los partidos de mi querido River los viví con mi viejo. Juntos, hemos reído y hemos llorado. En todo ese tiempo, el Enzo y Ortega fueron, lejos, los más festejados, los más amados. Hoy, los más recordados.

Desde su debut frente a Platense, allá por el año 1991, a ese gol a San Lorenzo, el del “Chango, hacelo y me muero” de Atilio Costa Febre, Ariel Ortega nos llenó de felicidad como pocos. “Te quiero hasta el final de nuestras vidas”, continuó diciendo el relator en aquella famosa locución. Y, sí, ese es el sentimiento que compartimos todos los hinchas de River Plate. Por eso, hasta mi suspiro final, muchas gracias Ariel. 

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