OCTUBREANDO: No solo se trata de soñar…

por Horacio Pettinicchi
lithorachi@gmail.com
martes, 16 de julio de 2013 · 00:00

“¿Qué nos faltó para que la utopía venciera a la realidad? ¿Qué derrotó a la utopía? ¿Por qué, con la suficiencia pedante de los conversos, muchos de los que estuvieron de nuestro lado, en los días de mayo, traicionan la utopía? ¿Escribo de causas o escribo de efectos? ¿Escribo de efectos y no describo las causas? ¿Escribo de causas y no describo los efectos? Escribo la historia de una carencia, no la carencia de una historia”.

Fragmento de “La revolución es un sueño eterno”.

 

 

Hay escritores que escriben, simplemente escriben, otros van construyendo la palabra, artesanalmente, con hilachitas de vida, y recuerdos, viejos recuerdos que llevan en su mochila, repitiendo, reiterando una y otra vez cada una de ellas, para que queden grabadas, para que se entiendan. Inclaudicantes escritores que no cambian sus palabras por un plato de lentejas, ni por el efímero aplauso en actos políticos disfrazados de cultura.

Andrés Rivera es uno de ellos, Andrés porque vivía en la calle Andrés Lamas y Rivera por el colombiano José Eustasio Rivera, nos dice, aclarando que como estaba en una empresa clandestina no podía firmar con su propio nombre.

Alguna vez le preguntaron por qué fue expulsado del Partido Comunista donde militó muchos años y nos dice: -“Por una dedicatoria, les dedique un libro, ‘El precio’, a Juan Gelman y Juan Carlos Portantiero, ‘Que no se entregaran nunca’. A ellos los habían expulsado del partido poco tiempo antes, y bueno, esa fue la posibilidad de decirles todo lo que pensaba y pegar el portazo, criticándoles toda la línea política, así que fui acusado de trotzkista, y todos los etcéteras que se te puedan ocurrir”.

¿Cuándo empezó a escribir?: “Obviamente, cuando ingresé a la escuela primaria. Pero, de hecho, antes leí aquello que escuchaba de mi padre y de sus compañeros. Mi padre fue dirigente sindical de los Obreros del Vestido y, en la pieza de inquilinato que alquilábamos, se realizaban reuniones de los trabajadores de ese gremio. Mi madre preparaba sandwiches de milanesa y yo los escuchaba hablar. Con mucha vehemencia, con mucha pasión. Hombres que luego iban o retornaban a sus puestos de trabajo en los talleres con tres o cuatro horas de sueño. No eran “‘Gordos’”...

Rivera narra su vida, sus recuerdos, con un estilo trágico y oscuro, describe ese universo complejo alejado de la verbosidad, del barroquismo, del coloquialismo fácil, austero diría.

“Aprendí que lo que se puede escribir en dos líneas no hay que escribirlo en diez, porque el resto es gordura. Eso fue parte de mi aprendizaje en el oficio de narrar. ¿Qué le quité a los escritos? Retórica. Ese fue un aprendizaje largo y lento. Un verdadero escritor es alguien que sabe cuándo hay que cortar, cuándo hay que limpiar, cuándo hay que borrar. Le doy un nombre: Borges”.

Economía de lenguaje, blancos y silencios, obsesiones que vuelven como en una larga noche tachonada de nombres, escenas del pasado, personajes hundidos en el tiempo, que pueblan sus largos cuentos y novelas cortas.

 

¿Andrés Rivera sigue soñando el eterno sueño?: “No se trata sólo de soñar, se trata de trabajar, lo cual significa que los escritores deben afinar los lápices y si tienen algún talento, también, y el trabajo del escritor no es un espasmo, es lograr una lógica con la escritura”

“Yo estoy convencido de que ningún libro, por bueno que sea, puede cambiar el mundo. Pero tengo que escribir.”

 

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