APUNTES DESDE LA OTRA VEREDA: El mismo deseo

domingo, 19 de mayo de 2013 · 00:00

  

por Hernán Deluca

 

Silencio. Una habitación desprovista de muebles. En su interior, un hombre trajeado y una mujer desnuda, fuera de foco. El hombre abre la puerta del cuarto, dejando entrar gran parte de la potente luz que ilumina al lugar. La mujer, con el cabello tapándole el rostro, camina en puntas de pie. Es una fotografía en blanco y negro o sepia, no llego a vislumbrar. Arriba y en el centro de la imagen, el nombre del artista y el de su banda: Nick Cave and the Bad Seeds. Debajo, el título del disco: “Push the sky away”. En el interior, nuevas canciones. Esta vez, serenas y nostálgicas, unidas por un deseo compartido.

Es un mismo tono que funciona. Como el sol del invierno, como el mar al atardecer, las flamantes composiciones son tibias caricias que te obligan a sentir. Aquí no está la agresión de “Grinderman”, su ¿ex? proyecto paralelo, ni el “rock oscuro” de “Dig!!! Lazarus Dig!!! (2008)”, su anterior trabajo. Son atmósferas enjauladas que parecen aletear cuando comienzan a sonar. Calman.

Orquestaciones cabalgando sobre pianos, cuerdas y órganos. Apenas, el bajo y la voz del propio Cave en “Water’s edge”, nos empujan hacia otro lado. Hacia la prisa del sexo que agita a los protagonistas de la canción. Inmediatamente, surge “Jubilee street”, con esa repetición en el riff de la guitarra, en la melodía y en la historia de ese hombre que amaba a una prostituta. Es una narración que se hace carne.

Lejos, la mejor composición de Nick Cave en años es un crescendo que estalla cuando todo ha terminado. Todo. Final glorioso para un relato sombrío.

En el siguiente track, “Mermaids”, el australiano está parado junto a la ventana, viendo como las sirenas toman sol sobre las piedras. Cuando logramos ver el mar, el sol, la belleza de aquellas mujeres, aparece la guitarra y nos traslada hacia esa postal. Nos saca de su habitación -la nuestra-, para hacernos protagonistas.

También hay espacio para el delirio. En la cinematográfica “Higgs bossom blues”, el cantante realiza un viaje acompañado por el desaparecido blusero Robert Johnson y un gato embalsamado. El coro y la percusión nos elevan, nos invitan a bailar. Los oídos se inquietan pero se entregan al alocado itinerario.

Sermones que laten. Las de Nick Cave son canciones que invaden los espacios. Poemas con cuerpo. Iluminan y oscurecen al mismo tiempo. Amar y sucumbir. En el medio, el deseo. Hace, aproximadamente, veinte discos que lo viene haciendo. Diciendo. No voy a contradecirlo. Seguiré aprendiendo de sus historias. Gozando con su música, la que siempre sorprende y complace.

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