OCTUBREANDO: La memoria del olvido

por Horacio Pettinicchi
martes, 9 de abril de 2013 · 00:00

Si  bien Jorge Luis Borges nunca habló de La Rioja, de su gente, Héctor David Gatica lo hizo. Habló como lo hacen los rastreadores de memoria, escuchando el llamado de la tierra, poniéndole el oído a su gente, siendo su voz, su decir.

“El día amaneció sereno, una serenidad enrarecida, la aurora roció con luz rosada los ojos del perro tocón, que brillaban al sentirse tocados por la luz. Últimamente se había puesto muy sordo, comenzó por disparar para el lado opuesto desde donde lo llamaban, después ya no oía ni los truenos. A veces le ladraba al silencio. De ahí entonces que era insulto corriente entre los hijos de Velázquez decirse “sordo como el tocón”. Comenzaron por flaquearle las caderas, se había vuelto flaco y soltaba sarnas donde se echaba. Estaba  tan viejo y tan inútil que ya no quedaba más remedio que ahorcarlo….”

Nació en Villa Nidia, al sur de la Provincia de La Rioja, donde creció en contacto con el paisaje agreste de los Llanos. Allí conoció los personajes que habrían de poblar la mayoría de sus obras

“El perro vio al amo con el lazo y por el movimiento de los dedos advirtió las castañetas, les respondió moviendo el rabo y logró enderezarse procurando hacerle fiesta…”

“Hombre y perro se alejaron juntos por la senda internándose en el chañaral, juntos, como dos viejos amigos que en realidad lo fueron. El perro restregaba sus sarnas en las piernas del hombre y le lamía las manos y el lazo”

“A unos doscientos metros del rancho monte adentro llegaron a un algarrobo de tronco recio, ramas poderosas y copa desparramada. Empezaba a madurar la algarroba, el canto de los coyuyos no llegaba ya a los oídos del can.”

Historiador, investigador, escritor, pero fundamentalmente un decidor que habla desde sus paisajes relatando en cada uno de sus libros el destino de sus paisanos, el coraje de quienes día a día remiendan sus esperanzas

“Facundo Velázquez se volvió ya solo por la senda, sin el perro, sin el lazo, con un silbido bajo colgado de los labios”

Todos los pueblos tienen dos clases de historia, la grande que queda impresa en los libros, y la otra que cuenta de una abuela barriendo el patio o cocinando un locro en el fuego mientras su calor le colorea las mejillas y los recuerdos. Podemos vivir con la gran historia en las bibliotecas, siempre estará el momento propicio para conocerla, pero si no relevamos la pequeña, perderemos nuestra identidad, nos decía el rastreador de olvidos compartiendo un vino que sabe a recuerdos.

(Fragmentos de “Camino de carros” de la antología “Los fundadores del olvido”.)

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