APUNTES DESDE LA OTRA VEREDA: Y una noche fría llegó la Cura

domingo, 21 de abril de 2013 · 00:00

 

Por Hernán Deluca

 

Mientras esperaba el final de un nuevo atasco en Panamericana, mi cabeza aprovechó el tiempo muerto y huyó. Escapó. Aterrizó en un rincón del barrio Tropiano. Año 1992, sábado a la tarde.

 

La oscuridad puede ser dulce y puede acariciar. También, golpear y tajear sentimientos. Cabezas gachas, dientes apretados, el culo sobre la alfombra. Cada tanto, miradas de aprobación. Silencio. Así estuvimos a lo largo de todo el disco. Parecía que, por primera vez, alguien, un desconocido, interpretaba lo que nos pasaba y lo hacía canción. Víctimas de la depresión post acné. 

Si bien, aquella contemplación hoy es un ritual perdido, abandonado por culpa de los tiempos de la adultez, no son muchos los discos que me han sacudido de esa manera. Son trabajos que, cada tanto, salen a la superficie para rescatarme. El disco se llamaba “Wish”, la banda The Cure.

Bajo en la Avenida Congreso y camino hasta Libertador. Recorrido familiar. Fueron muchos los recitales en Obras, pateando la calle, contando las monedas para una cerveza, para una posible pizza. Riendo, siempre riendo.

Esta vez, la cosa es distinta. Sin embargo, los amigos, son los mismos.

 

Una suculenta tabla de quesos acompaña la charla del reencuentro. Ponernos al día con nuestro presente es una nueva manera de acercarnos. 

Ya estamos en las burguesas ubicaciones. Desde la platea, observo el campo, otro espacio perdido. Mejor dicho, cedido. El frío se hace sentir. Metemos las manos en los bolsillos y le damos la bienvenida a las capuchas. Es curioso, pero, las canas, la calvicie y las arrugas, han desaparecido.

Las luces se apagan y la oscuridad de aquella habitación se conecta con la del Monumental. Pasó mucho tiempo, pero la noche llegó. The Cure está aquí.

“Plainsong” es la canción elegida para la apertura. Cuando el bajo de Simon Gallup comienza a sonar, inevitablemente, vuelvo a transportarme. Por más de 3 horas no estaré aquí.

“Y es tan frío como el frío cuando estás muerto”. Robert Smith escribe, dice estas cosas y sabemos de qué habla. ¿Cómo? No tengo la menor idea, pero desde los 16 años que lo sé.

Luego del apacible comienzo, una catarata de hits nos llena. Cantamos, bailamos y volvemos a sorprendernos por la cantidad de conocidos temas que una banda tan oscura ha logrado impregnar en toda una generación. “Ayer me asusté tanto que temblé como un niño”, líneas como ésta son acompañadas con extraña alegría, sabiendo que no hay maquillaje que tape el miedo.

Una vez que todos estamos bien lejos, satisfechos, flotando en el recuerdo, llega un segmento denso y potente. Hits íntimos y ocultos aplastan y desorientan. Yo sigo sonriendo, jamás pensé que iba a estar tan cerca de una canción como “Trust”.

Para los bises, más canciones para nuestros pies, para matar el frío, el que también baila, abrazado a una lírica que congela. “Close to me”, “Hot hot hot!!!”, “Let’s go to bed!”, “Why can’t I be you?”.

La amistad no tiene fin. No es una frase hecha. Debe alimentarse y estos viajes son platos distinguidos. Son momentos que acarician. Pero, que nadie se confunda, a la melancolía la recibimos con risas. Porque, lo sabemos, “Boys don’t cry”. n

 

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