APUNTES DESDE LA OTRA VEREDA: De dama, nada

domingo, 14 de abril de 2013 · 00:00

 

por Hernán Deluca

 

Encendí la radio y escuché: “A los 87 años murió Margaret Thatcher”. Sí, me puse contento.

Existen abominables seres a los que odio casi sin saberlo. Claro, yo no ando por la vida recordándolos para putearlos. No. Pero ellos están ahí, en algún rincón oscuro de mi cabeza, enjaulados, vivos.

Tenía 7 años cuando se desarrolló la guerra de Malvinas y, si bien era un niño, percibí lo que estaba sucediendo. Advertí lo absurdo e injusto que era mandar a todos esos pibes a morir a un lugar tan gris. En casa se vivía como un drama, eso también lo recuerdo. No hubo risas durante esos días. No hubo sol. Y estaba ella en la pantalla. Entre los rostros  asustados e indefensos de nuestros soldados, la TV imponía su máscara, acompañada por un peinado tan irritante como su acento de té inglés.

El horror con nombre de mujer. Y título: La Dama de Hierro. El mismo que tuvo la película donde la gran Meryl Streep la interpreta. El film de Phyllida Lloyd no se la juega. Se queda en el medio, subiéndose a una peligrosa tendencia donde a ciertos líderes británicos, a la hora de llevarlos al celuloide, se los deja no tan mal parados. Revisen “La reina” o “El discurso del rey”.

 

Sin embargo, el cine sí sirve y servirá para entender a esta señora y a su nefasta política económica. En el cine europeo fueron muchas las revoluciones estéticas aparecidas a lo largo de la historia. La llamada nouvelle-vague en Francia a finales de los ‘50 y el free cinema en la Inglaterra de los ‘60 son dos de los movimientos más significativos. Desde entonces, en el cine inglés se vieron muchos cambios, formales y temáticos. 

Justamente, el último de esos movimientos, fue el surgido en la era post Thatcher. Con una serie de películas que innovaron y deslumbraron no tanto por la manera de contar de sus realizadores, sino, por el contenido de sus historias. Sin vacilar, colocaron la cámara en el patio trasero y, en plano semidocumental, mostraron cómo el neoliberalismo más extremo castigó a la clase obrera.

A continuación, algunos ejemplos donde el drama es vivido en grupo.

“Todo o nada” (Peter Cattaneo, 1997), más conocida como “Full monty”, nos muestra a unos obreros que perdieron sus empleos por culpa de la crisis industrial. Si no consigue la plata para pagar la manutención familiar, Gaz, uno de los afectados, no podrá ver a su hijo. Desesperado, le plantea a sus compañeros una idea algo descabellada: organizar un espectáculo de strip-tease. Primero dudan, pero lo hacen. Tener que ponerse en bolas cuando ya se quedaron sin nada es pan comido.

Otro grupo de amigos afectado por la realidad social es el que vemos en “Trainspotting” (Danny Boyle, 1996). En este caso, la realidad sufre dos alteraciones: la provocada por la heroína y la del vacío de una política que nunca los tuvo en cuenta. Allí están, Mark Renton y los suyos, drogándose cada vez que pueden. Vagando en un mundo donde suena Iggy Pop y los bebés caminan por el techo.

En “Tocando el viento” (Mark Herman, 1996), la mina de carbón de un pueblo del norte está a punto de ser cerrada. Por ese motivo, la banda de música de los trabajadores, una agrupación con más de un siglo de historia, también puede desaparecer. Sacando fuerzas de donde no tiene, Danny, el director de la banda, incita al resto a seguir ensayando, generando arte en medio de la desolación.

Precisamente, eso es lo que hicieron éstos y otros cineastas que, ante un escenario adverso, dieron su valiente opinión y le mostraron al mundo el resultado de una época que, esperamos, haya quedado en el pasado.  

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