APUNTES DESDE LA OTRA VEREDA: Cine sin cadenas

domingo, 17 de febrero de 2013 · 00:00

 

por Hernán Deluca

 

 

Hubo una época donde no existían los multisalas. Para ver un estreno en Pilar tenías que esperar un par de semanas o, en el peor de los casos, rajar para la gran ciudad. Caminar toda la calle Lavalle y elegir qué ver. Si no había entradas para la película deseada, tenías que joderte y paliar la pena con cualquier otra cosa que justificara el viaje: alguna comedia francesa, una de terror clase B, etc. Lo que fuere. 

Ahí estaba yo, a mediados de los noventas, haciendo una interminable cola, listo para ver la sensación del momento: “Pulp fiction” (1994). La excitación que tenía era tal que no podía dejar de ver las fotografías donde aparecían los protagonistas del film. Avanzaba en un lento travelling, hipnotizado ante los rostros de Bruce Willis, Harvey Keitel, John Travolta, Uma Thurman. Y Tarantino, claro. Quentin Tarantino. Un nombre que venía sonando y mucho. Con su anterior película, “Perros de la calle” (1992), se había convertido en el nuevo niño mimado de la crítica. Diálogos hilarantes y violencia en extremo parecía ser lo que el mundo (festivales, espectadores, especialistas) estaba esperando. ¿Ah, si?, se dijo Tarantino y con su posterior guión se despachó con todo, llevando la provocación aún más lejos, llegando, incluso, a violar las leyes de la estructura dramática. Horror, dijeron algunos. Genial, dijo la mayoría.

Un fenómeno, el de llenar las salas, que se repitió con cada una de sus películas. Pasaron “Jackie Brown” (1997), las dos de “Kill Bill” (2003/04), “Bastardos sin gloria” (2009) y todos fuimos a ver lo nuevo de Tarantino.

Son pocos los autores que generan tanta devoción en un abanico tan amplio de público. ¿Woody Allen? Los jóvenes casi ni lo ven. ¿Steven Spielberg? En otra época su nombre arrastraba y llenaba las salas. Ya no. ¿Pedro Almodóvar? El manchego tiene su público, es cierto, pero está muy lejos de contar con la cantidad que sigue a Tarantino.

Es por eso que no sorprende que “Django sin cadenas”, su reciente western, haya generado una fiebre que roza con el fanatismo. Un fanatismo que no molesta.

¿Realmente su nueva película es un western? Recordemos que en Tarantino nada es lo que parece. Él parte de géneros establecidos para hacer lo que se le canta. ¿Quiso aquí contar la historia norteamericana? ¿Ser fiel a las reglas de un viejo formato cinematográfico? Para nada, lo suyo es mezclarlo todo, exagerar lo máximo que se pueda, ponerle mucha música y divertirse. Divertirnos.

Su mirada del lejano Oeste está más cerca de la que tuvieron algunos realizadores del spaghetti-western como Sergio Leone y, principalmente, Sergio Corbucci que la de sus coterráneos John Ford o Clint Eastwood. Al menos, en la superficie. Porque, que la historia esté protagonizada por un alemán y un negro nos aleja bastante de lo conocido.

La venganza, el eterno motor tarantinesco. Ambientada en el Sur, dos años antes de la Guerra Civil, “Django sin cadenas” nos muestra la relación de un esclavo con un cazador de recompensas alemán, el Dr. King Schultz (Christoph Waltz). Schultz está tras la pista de los hermanos Brittle y sólo Django (Jamie Foxx) puede llevarlo hacia ellos. Una vez asesinados, el esclavo será liberado. Pero los dos hombres eligen seguir juntos, cazando a los criminales más buscados. Creciendo en sus habilidades para la cacería, Django tiene un único objetivo: encontrar y rescatar a Broomhilda la esposa que perdió en el mercado de esclavos. Así llegan al terrible Calvin Candie (Leonardo DiCaprio), el propietario de una plantación donde los esclavos son adiestrados para luchar entre ellos como deporte. Candyland, así se llama la propiedad de Candie, el lugar donde también se encuentra la esposa de Django.

 

Solidaridad, sacrificio, supervivencia y venganza. Parodia, grotesco, homenaje y orgullo negro. Funk, soul, hip hop y Johnny Cash. Una grandiosa ensalada sazonada con sangre (mucha), humor (mucho), una excelente banda sonora (con Ennio Morricone a la cabeza) y una fotografía cargada de citas cinéfilas. 

Pasaron ocho películas y Tarantino sigue siendo la sensación del momento. Ya no hay que viajar ni esperar para ver su nueva producción. Sin embargo, la excitación previa al ingreso de la sala sigue siendo la misma. ¿Me pasa con muchos? Para nada, lo de Tarantino es único. n

 

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