OCTUBREANDO: Historias de linyeras

por Horacio Pettinicchi
martes, 22 de enero de 2013 · 00:00

“La cloche, le clochard, la clocharde, clocharder. Pero si hasta han presentado una tesis en La Sorbona sobre la psicología de los clochards”. Y Oliveira –dado a ese juego que consiste en subestimar a la Maga y que le permite a Cortázar hacer gala de su erudición– contesta: “Puede ser. (…) Pero no tienen ningún Juan Filloy que les escriba Caterva”. (“Rayuela”. Cap 108).

Juan Filloy autor de “Caterva” fue un escritor argentino peculiar, porque a igual que Tizón, se desempeñaba como juez en su provincia natal. Su obra, basta por cierto, tanto como sus 104 años de vida, fue considerada como un monumento al lenguaje, expresiva, plena de argucias narrativas, lo ubican entre el realismo miserabilista y una audaz vanguardia. No es casual que Cortázar lo haya nombrado en algunas de sus obras y, según decía Mempo Giardinelli que el mismo Marechal usó la trama de una de sus novelas. Todas ellas, toda su obra literaria tiene la particularidad de que los títulos están compuesto por siete letras. Filloy escribió novelas, poesía, ensayo, cuentos, teatro, y gustaba decir ser “campeón mundial de palíndromos”. Su primera novela “Estafen”, la editó en 1932, repartiéndola entre amigos y conocidos, a igual que en “Caterva” inspirada en su experiencia judicial y en ese mundo marginal que tanto conocía. Y si bien en los  años 60  y 70 su obra fue comercializado por una editorial porteña, desistió de ello por las exigencias del marketing.

“Caterva” nos trae las andanzas de un grupo de linyeras que en el contexto de una sociedad autoritaria regida en un orden conservador de los años treinta, reflexionan sobre la ética de la vida, la estética del amor, con una increíble erudición. A través de una escritura brillante, provocativa tal vez, nos introduce en las aventuras de Longines, Katanga, Dijunto, Lon Chaney, Viejo Amor, Fortunato y Aparicio, nombre de los personajes de esta novela.

De improviso surcaron la mesa varios cascarudos. Tincazos entre los platos de entremeses. Hediondez entre los dedos alejados. Nuevos sorbos. La presencia de otros cascarudos endureció su ceno. No se repapilaban ya pinchando aceitunas y pinchando con sus pullas a “Katanga”.

– Más cascarudos todavía. ¡Qué peste de bichos

– Es el tiempo. Está por descomponerse.

Contemplaron el cielo. Mientras lo hacían, una falange de cascarudos accionó impunemente entre los platos de berberechos, manises y ensalada rusa. Manotones irascibles. Imprecaciones.

– ¡Vaya una plaga!

– ¡Qué fatalidad: siempre abunda lo que revienta. Hacía un calor raro. El asfalto guardaba la insolación del día. La tormenta inminente soltaba su red de sombras. Calor húmedo, impregnante. Calor de colores nocturnos, con todo el color de los calores meridianos.

Los cascarudos invadieron todo. La concurrencia desarticuló su compostura en ademanes y contorsiones violentas. Restallaba el fastidio por doquiera. Intervino el propietario del bar. Movilizó los lavacopas. Escobazos y pisotones. El asedio cesó en parte. Pero, a poco, el instinto estratega de los cascarudos volvió sobre sus pasos. Y, aun diezmados, incursionaron parajes en donde no es posible la vigilancia ajena... Sólo “Katanga” permaneció tranquilo. Observándoles. Espantándolos serenamente. Exhibía un humor extraordinario. Como si la molestia de los demás promoviese en él una secreta complacencia.

(“Caterva” – fragmento)

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