APUNTES DESDE LA OTRA VEREDA: Las criadas

domingo, 5 de agosto de 2012 · 00:00

 

por Hernán Deluca

 

Aunque no grite, se asoma. En el lenguaje intrincado, en las oscuras intenciones, en lo patético de un poder que aún es adorado. En las soledades lastimosas, en la profunda rebelión contra la sociedad y sus costumbres. En un juego macabro llamado teatro. La violencia y su misterio.

Dicen las biografías que la literatura de Jean Genet (París, 19 de diciembre de 1910 - París, 15 de abril de 1986) es notablemente autobiográfica pero, a la vez, mitificadora porque convierte al delincuente en héroe, (el de sus ficciones, el propio autor). Sus personajes, son héroes o heroínas que, con sus acciones, modifican ciertos valores de la sociedad. Les dan otro sentido. El ladrón, el falsificador, la criada con intenciones asesinas, son convertidos en héroes a través del mal. Lo sórdido es poesía.

La provocación moral se divierte en ese juego. Como dijo Witold Gombrowicz. “Genet convierte la fealdad en belleza”.

A lo largo de su pequeña obra encontramos, permanentemente, el retrato de una miseria lírica, en la que se asoma una particular idea del amor. Y donde los delincuentes dejan ver la ternura que los moviliza.

Todos esos componentes están presentes en la nueva versión de su obra más emblemática; “Las criadas”, la que puede verse de miércoles a domingos en el Teatro Presidente Alvear (Avenida Corrientes al 1656, CABA).

Estrenada en el año 1947 por Louis Jouvet, “Las criadas” sigue sorprendiendo por poseer una contundencia extraordinaria. La violencia no necesita expresarse. Está ahí, respirando silenciosamente, en cada una de las situaciones, en la creciente rebelión de las criadas.

Las relaciones humanas, de ayer, hoy y siempre, están ejemplificadas en esa unión entre la señora (el amo) y las criadas (sus vasallos). La señora, pero también las criadas (las hermanas Solange y Clara) se encargarán de marcar las diferencias, en dejar en claro quién es la dominadora y quién el dominado. Aceptar ese juego perverso significa reconocer la humillación. A eso se le suman declaradas y sufridas implicancias sexuales, donde el amor es odio y frustración.

En la habitación de la señora la vida es un temible juego de sombras que enlaza a los personajes a través del miedo y la amenaza de destrucción.

La única manera que encuentran las hermanas para poder escaparle a esa situación que las asfixia es recrear (nuevamente, la idea de lo lúdico) una ceremonia donde dejan relucir sus pasiones y sus pensamientos. Por las noches, cuando la señora se ausenta de la casa, los roles cambian: Clara es la señora y Solange es Clara. De esta manera, sus voces suenan sinceras, manifestando sin censuras todo lo que sienten por la otra.

La puesta de Ciro Zorzoli (el mismo de la exitosa “Estado de ira”) pone en primer plano lo artificial, lo falso de estas relaciones por medio de un decorado que se cambia a la vista del público por utileros y maquinistas. En cuanto a las actuaciones, ¿qué decir? ¡Impresionantes! Por medio de su máscara, de su voz, Marilú Marini compone a una retorcida y patética señora. Un soberbio trabajo que se integra a la perfección con lo que muestran la gran Paola Barrientos como Solange, insegura, agresiva y la revelación 2011 Victoria Almeida que, con su Clara, en apariencia débil, esconde más de lo que muestra

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