Octubreando: Y si hablamos de fútbol?

por Horacio Pettinicchi
octubreliterario@yahoo.com.ar
martes, 31 de julio de 2012 · 00:00

Profesor en Historia a nivel secundario y universitario, Eduardo Sacheri comienza a expresar su pasión por el futbol en una serie de cuentos a mediados de la década del noventa, encontrando una amplia audiencia a través de la voz de Alejandro Apo en su programa “Todo con afecto”, que iba por Radio Continental. Su estilo atrapante, con un lenguaje llano y entretenido, lo muestra como un excelente conocedor de la cultura del fútbol argentino. Si bien “Puntero izquierdo” de Mario Benedetti se le puede considerar el cuento iniciador en esto de la temática futbolera, donde brillaron escritores como el Negro Fontanarrosa y Osvaldo Soriano, en los relatos de Sacheri está la emoción de los desafíos de barrio, la excitación de calzarse los botines para enfrentar a la otra barra, el colorido y las voces del conurbano bonaerense.

Además de varios libros de relatos, ha escrito dos novelas, una de ellas, “La pregunta de sus ojos” (2005), fue llevada al cine por el director Juan José Campanella con el nombre de “El secreto de sus ojos” y ha cosechado numerosos premios.

Sus narraciones han sido publicadas en medios gráficos de la Argentina, Colombia y España, e incluidas por el Ministerio de Educación de la Nación en sus campañas de estímulo de la lectura. Su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas.

 

“Yo lo miré a José, que estaba subido al techo del camión de Gonzalito. Pobre, tenía la desilusión pintada en el rostro, mientras en puntas de pie trataba de ver más allá del portón y de la ruta. Pero nada: solamente el camino de tierra, y al fondo, el ruido de los camiones. En ese momento se acercó el Bebé Grafo y, gastador como siempre, le gritó: ‘¡Che, Josesito!, ¿qué pasa que no viene el ‘maestro’? ¿Será que arrugó para evitarse el papelón, viejito?’. Josesito dejó de mirar la ruta y trató de contestar algo ocurrente, pero la rabia y la impotencia lo lanzaron a un tartamudeo penoso. El otro se dio vuelta, con una sonrisa sobradora colgada en la mejilla, y se alejó moviendo la cabeza, como negando. Al fin, a Josesito se le destrabó la bronca en un concluyente ‘¡andálaputaqueteparió!’, pero quedó momentáneamente exhausto por el esfuerzo. Ahí se dio vuelta a mirarme, como implorando una frase que le ordenara de nuevo el universo. ¿Y ahora qué hacemo, decíme?, me lanzó. Para Josesito, yo vengo a ser algo así como un oráculo pitonístico, una suerte de profeta infalible con facultades místicas. Tal vez, pobre, porque soy la única persona que conoce que fue a la facultad. Más por compasión que por convencimiento, le contesté con tono tranquilizador: ‘Quédate piola, Josesito, ya debe estar llegando’. No muy satisfecho, volvió a mirar la ruta, murmurando algo sobre promesas incumplidas. Aproveché entonces para alejarme y reunirme con el resto de los muchachos. Estaban detrás de un arco, alguno vendándose, otro calzándose los botines, y un par haciendo jueguitos con una pelota medio ovalada. Menos brutos que Josesito, trataban de que no se les notaran los nervios. Pablo, mientras elongaba, me preguntó como al pasar: ‘Che, Carlitos, ¿era seguro que venía, no? Mira que después del barullo que armamos, si nos falla justo ahora...’”. (Párrafos iniciales de “Esperando a Tito”).

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