Soy mano: Universo de la niñez

por Víctor Koprivsek
sábado, 21 de julio de 2012 · 00:00

Tejada Gómez, poeta, varón, escribió: “Salgo siempre con el niño que fui y suelo preguntarle si aún me le parezco”.

Las vacaciones de inviernos te empujan, te van cercando hasta envolver tu estirpe, para quienes andan con hijos y sobrinos pequeños dando vueltas por el universo de las casas, estas dos semanas instalan en la agenda familiar actividades de colores para compartir y curar el tiempo.

Es que las alternativas son pocas para ellos, al menos esa marea de inercias que el mundo impone, computadora o tele.

Libros muy poco y escondidas, manchas, cachurra monto la burra, balero, cartas, menos. Con suerte potrero, si es varón. En fin, la cosa se pone linda cuando los duendes de la ternura te rodean con su mirada misteriosa y asombrada.

Y ahora, ¿a dónde vamos?

A la vida, a la gran vida del ocio, la gran aventura del destino en la siesta, las correrías, el teatro, los juegos en lugares armados y preparados para ustedes.

Niños del mundo nuestro, anímense a saltar la cuerda de los días sin furia. Adultos del presente en fuga, atrévanse a dejarlo todo y volverse niños.

Basta de seños fruncidos, de labios secos y duros, sin risas. Basta de hablar de muerte y de impuestos, de conducir estupefactos por las rutas, lanzando bravuconadas, mimetizando sus enojos de frentes arrugadas y preocupaciones vanas.

Ese planeta de la infancia incluye algo de sorpresa y milagro, una catarata de carcajadas porque sí, de miradas con brillo e improvisados caminos con rompecabezas y restauralmas.

Por eso cuando llegan las vacaciones de invierno, casi como un presagio, el cielo nublado del invierno descorre algodones y arrima sol, calor del día, chocolatada de la mañana, tostadita con dulce en los dedos, noche de insomnio bajo el influjo de fantásticas historias que la imaginación nos cuenta.

Acercate al amparo de sus murmullos, arrimá la oreja cuando ellas y ellos se reúnen en la mesa y se reparten los juguetes o pintan rayas en las hojas blancas del estío. No existe el aburrimiento o la calma, sólo el vaivén azul de lo que brota a borbotones.

Gracias vida, universo, Dios, por semejante paisaje lleno de gurises tostados por la tierra, tierra nuestra que nos abraza a todos y nos cobija como una madre.

“Quien pierde la cabeza de niño, pierde la cabeza”, no sé quien lo dijo pero vale.

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