APUNTES DESDE LA OTRA VEREDA: Navegando en las aguas del pasado

domingo, 3 de junio de 2012 · 00:00

 

por Hernán Deluca

 

Uf, hay películas que te dejan así, abombado. Tirado en la cama, viendo tu propio reflejo en el televisor. Pensando en esos fotogramas, los que se van a proyectar en tu mente por siempre.

Son inesperadas historias que te transportan no muy lejos. Porque el sacudón te lleva hasta ahí nomás, frente al hígado, en ese rincón donde se esconden las sensaciones, los aromas, las emociones de otros tiempos. Y, si te fijás bien, también vas a encontrar esos días donde eras otro, cuando mirabas las cosas de una manera más ¿ingenua? La inocencia que latía en el pasado, ¿no?

No se cómo hacen, pero esas películas seguirán respirando en cada paso que des, no tengas dudas.

“Un amor” (2011), tercer largometraje de Paula Hernández (“Herencia”, 2001 y “Lluvia”, 2008 son sus anteriores trabajos) es un film justo. ¿Qué quiero decir con esto? Es una película donde nada sobra y todo te eleva. Una de esas historias que estabas esperando sin saberlo. Un exquisito relato construido con mucha nostalgia y romance, interpretado por soberbios y -lo que es más importante-, creíbles actores.

Viaje al pasado que sigue pegando en el presente, de eso se trata. Más, cuando todo, en la vida de los personajes, es tan incierto como simulado. Una atmósfera dramática pintada con las tonalidades adecuadas.

La película o, mejor dicho, la sensibilidad de su directora, se centra en las vidas de Lalo (Luis Ziembrowski) y Bruno (el gran Diego Peretti). El primero trabaja en el mismo taller de su juventud, en Victoria, Entre Ríos, el pueblo que nunca abandonó. Bruno, en cambio, escribe guiones en “la gran ciudad” y a diferencia de Lalo, pudo formar una familia. El tercer vértice de este grupo es Lisa (debut cinematográfico de Elena Roger), la mujer que retorna al país con todas las intenciones de agitar una adolescencia, la que estuvo marcada por el despertar sexual, pero también por el amor.

Navega la película y navego yo con este relato. Década del ‘70. Lalo y Bruno son dos jóvenes que pasan sus días pueblerinos compartiendo una honda amistad hasta que, en cámara lenta y luciendo su virgen sensualidad, aparece Lisa. Por primera vez, el mundo de los muchachitos queda trastocado. Ni les cuento sus corazones. Piezas que se reordenan con un reencuentro, eso son. Eso somos.

Así, con estos vaivenes, la historia nos lleva de un lado al otro. Siendo tan fino el trabajo de edición, la puesta de cámara, los cuidados en los encuadres (otra vez, Guillermo Nieto en la fotografía) y el uso de la música que el cambio entre pasado y presente es suave y calmo, como el río que los recibe en más de una ocasión.

Animarse a una historia como esta alivia y renueva, justamente, el amor por el séptimo arte.

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