Soy mano: El Kili

por Víctor Koprivsek
sábado, 16 de junio de 2012 · 00:00

Esta historia va para el lado de la familia y los amigos, del vacío y la superación.

Es la historia de un vecino que el pasado miércoles 13, Día del Escritor, cumplió nada más ni nada menos que 40 abriles, y vive justo frente al tanque de agua de Pilar, sobre la calle  Pedro Lagrave.

Hasta ahí todo tranquilo, nada fuera de lo normal. Sin embargo y para comenzar, debo decir que el susodicho, conocido como El Kili, tiene 27 hermanos y 3 mamás.

Sí señora, a tan sólo 8 materias de recibirse de arquitecto, el hombre es una especie de sobreviviente.

- A mi vieja la vendió su padre por un traje, era ucraniana y se llamaba María, ella después me vendió a mí.

Contó en la sobremesa de amigos luego del brindis y la torta, cuando las horas de la noche se adentraron en la charla íntima y el vino, y quedaban pocos en la mesa.

Con 18 hermanos de sangre y 8 de crianza el derrotero de su existencia lo llevó a Derqui y luego lo trajo a Pilar, donde pudo formar su familia junto a Ana y la hijita de ambos, la hermosa Maite.

Se conocieron en Pizza Bar Dock, a metros de su casa justo en la esquina, pero 12 años atrás cuando los dueños del lugar eran Ale Ordachi y Hernán Figueras. Año 1994.

Ahora, y ya con una nueva década en la puerta, los niños revolotean en la casa de El Kili. Además de su hijita están Fede, Pancho, Ignacio y Cecilia; la descendencia de las parejas amigas que se han quedado después de hora.

Amigas de su esposa en realidad, Fernanda y Alejandra aún conservan su amistad desde la secundaria en el Instituto Almafuerte.

 

Por mandato divino sus respectivos esposos se hicieron amigos entre sí (incluyendo El Kili) y viven todos en Pilar. Ya se sabe… “más que una yunta de bueyes”.

Fabián llegó de Boedo a La Pilarica sin escalas y Damián de Manzanares a Villa Morra, su apellido es Boero, según dijeron las mujeres risueñas, familia poderosa de Manzanares.

Yudi y La Celia completan la lista de afectos profundos de El Kili, son las mujeres que lo criaron. Mucho dolor quedó atrás, mucho desconcierto y soledad hoy se han vuelto abrazo y reflexión.

Pilar cuenta historias en la esquina, al oído, frente al tanque de agua. “Cuarenta años, una linda etapa para empezar a vivir”, dijo el amigo, medio borrachín, al final del viaje.

 

 

 

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