No debo confundirme, el niño que se oculta detrás del gran reloj, observando el mundo dentro del mundo, se llama Hugo Cabret. ¿O, debo decir Martin Scorsese?
Máxima aspirante al Oscar, con once nominaciones, “La invención de Hugo Cabret”, es una declaración de amor hacia el séptimo arte por parte de un realizador que inhala y exhala cine. Coleccionista compulsivo y reconocido restaurador de clásicos, Scorsese vive para su oficio. Ahí están las innumerables biografías (“Scorsese on Scorsese”, firmada por Michael Henry Winston, es la última de una larga lista), dando cuenta de sus cinéfilos recuerdos de la infancia, algo que podemos comprobar cuando llega el momento de la promoción. Habitualmente, ante la prensa, Scorsese ofrece una precisa lista de títulos, principales referencias utilizadas durante todo el proceso de filmación. Será, entonces, tarea del periodismo encontrar las citas. Yo anoto.
Pero, más allá de las evidentes correspondencias cinéfilas, la adaptación de la novela gráfica de Brian Selznick, es un claro homenaje a los comienzos del cine, a la fascinación provocada por las primeras imágenes en movimiento y, fundamentalmente, a uno de los primeros artistas, Géorges Méliès, el célebre “mago de Montreuil”.
A fines de los años ‘20 del siglo pasado, Hugo, huérfano de padre y madre, vive clandestinamente en la inmensa estación de ferrocarril de Montparnasse, en París. En secreto, ha mantenido todos los relojes de la estación en marcha, gracias a los conocimientos que heredó de su padre, un técnico restaurador de un museo de la ciudad. Pero esto no es lo único heredado; Hugo convive con un robot mecánico que posee un complejo y sofisticado mecanismo de relojería que no termina de funcionar, porque le faltan algunas piezas, entre ellas, la llave que lo ponga en marcha. Es allí cuando entra en escena un viejo malhumorado, en apariencia solitario, dueño de una perdida juguetería en un rincón de la estación. Experto en mecanismos y otros trucos, ese anciano resentido parece tener alguna relación con el extraño “juguete” que el niño guarda en su altillo.
Por momentos inocente y en otros un tanto sombría, “La invención…” tiene poco que ver con la obra previa del director. Aquí no hay espacio para un realismo salvaje y demente, lo que nos salpica ya no es sangre, sino el amor, la pasión de un artista por su trabajo. El instante donde la personalidad de Scorsese tiñe la pantalla es cuando descubrimos que ese anciano, enojado con la vida no es otro que Géorges Méliès, el primer ilusionista del cine, inventor de cuentos y trucos. El primer artista que se atrevió a llevar los sueños a la pantalla.
Y, es ahí, en ese emotivo homenaje, cuando el 3D adquiere sentido. Por primera vez observo una acertada utilización de esta técnica, muchas veces negocio antes que avance tecnológico. En un sentido orgánico con la historia, con el espíritu creativo de Méliès, Scorsese hace uso del 3D para trasladarnos a otro tiempo, para que experimentemos aquello que vivían los espectadores de entonces. Asombro y fascinación.
No me confundo, somos Hugo Cabret, niños que lo ven todo con la excitación de la inocencia. En la ficción es una estación de trenes, aquí, en mi barrio, es el cine, un mundo dentro de otro mundo que, cuando es manejado por un realizador como Martin Scorsese, es el mejor mundo de todos.
