Cualquiera que tome la decisión de recorrerla podrá comprobar que Suramérica late, que Latinoamérica vive. Y mucho más en esta época que vibra al son de parches que se baten de norte a sur anunciando la llegada del carnaval. Oruro, Corrientes, Montevideo, Gualeguaychú, Humahuaca, Río de Janeiro más las calles de la Ciudad de Buenos Aires o los barrios bonaerenses son sólo algunos de los sitios que se visten de fiesta para coronar al único rey reconocido por estos días: Momo. Con sus características propias, el pueblo sale a la calle a mitigar los dolores de la vida diaria y demostrar que “la alegría no es sólo brasilera”.
Y en medio de la pasión por el baile, la música, los tradicionales personajes, las lentejuelas y las piruetas está la palabra, la poesía hecha canción que transmite la esencia de esta fiesta pagana. Como ésta tan conocida del inolvidable uruguayo: El Sabalero.
“Sentados al cordón de la vereda, bajo la sombra de un árbol bonachón vimos pasar coquetos carnavales careta viva de un pueblo con dolor…Tibio febrero de fiestas musiqueras simples remedios de la felicidad, los sensibleros poetas orilleros le dan la flor al barro, al barro que se va… Pueblo divino, porrudo, sabalero, papel picado botijas bajo el sol, sigue tu lucha de pan y de trabajo que el tamboril se olvida y la miseria no…”
Pero con o sin fiestas, todas las épocas son buenas para recorrer la Patria Grande y que nos atraviese por siempre, como lo refleja una querida amiga Maiu Dellagiovana a quien le pedí prestadas sus palabras:
“Dejarte Perú, es llevarse el alma repleta de colores, de aromas, de sabores que nacieron en ollas de barro revueltas con manos de amor. Caminarte Perú fue juntar el pasado con el presente en un tiempo mágico, en un tiempo que parece detenido, como flotando sobre tus ruinas, en tus calles de piedra, en un tiempo sin tiempo, reflejado en miradas perpetuas que vienen desde siempre, en miradas vencidas ante el conquistador pero vencedoras en la dignidad del pueblo que te trabaja, te valora y te rinde culto eterno. Ojalá esas miradas siempre me acompañen para no dejar de entender Latinoamérica, para no dejar de vivir Latinoamérica. Dormir bajo un cielo que te presta las nubes para que las acaricies, dormir custodiado por el espíritu inca que está latente en miradas mansas dispuestas a despertar, fue un aprendizaje para el alma. Te fui dejando Perú, con nostalgia, con alegría…te dejé atrás pero te llevo conmigo para siempre. Me hermané con vos en el canto ancestral de tu pueblo. Elevándome muchos metros sobre el nivel del mar, el aire se vació pero se cargó de glorias, de dioses de verdad, de pasiones y de resignación. Con tu perfume a hojas de coca y tus colores que viajan de la tierra al alma, amé tu Cusco, ombligo del mundo que me invitó a girar en la danza que le ofrecen las estrellas… fui parte de tu ritual y al volver ya no fui la misma”.
Y sí, si uno se atreve a recorrerla, nunca vuelve a ser el mismo.
