OCTUBREANDO: Los que mandan

por Horacio Pettinicchi
lithorachi@gmail.com

martes, 18 de diciembre de 2012 · 00:00

Aunque vos no lo quieras creer este es un país gobernado por los muertos. Somos simples relevos que venimos a llenar el espacio que nunca terminan de abandonar. ¿Qué no me crees?

Mirá si no es verdad: aún nonatos nos cargan de obligaciones, lo primero que te encajan es un nombre desgastado, desprestigiado la más de las veces.

No terminaron de acomodarte en la cuna que ya te adjudican parecidos; que la nariz de fulano, que la oreja de mengano. Terminás siendo una serie de pedacitos mal combinados, algo así como una versión moderna de Frankestein. Te dejan medianamente tranquilo hasta empezar el colegio, ese día te tiran con la Recoleta por la cabeza, y aprendes rápidamente que a todos esos tipos que te miran con cara de bragueta desde las paredes, próceres que le dicen, se los recuerda el día de sus muertes. Ese día hacemos discursos, engalanamos la escuela, todo en el mayor clima de alegría. Digo yo ¿no será un acto fallido y el subconsciente colectivo se alegra que hallan muerto? Después de todo festejar a la muerte está de moda, hoy te entierran bajo una atronadora salva de aplausos.

Negamos la vida para festejar la muerte, nadie se acuerda de la alegría del nacimiento,  pero sí cuando moriste. Hablamos con palabras de segunda o tercera mano y escuchamos frases ajadas de tanta repetición, reescribimos lo ya escrito, elaboramos pensamientos ya elaborados. Nos dejaron todo hecho, no existe una mísera parte en el mundo que no fuera ya descubierta, explorada y explotada. Ellos, los muertos, nos imponen su decrépita moral amenazándonos con dioses jubilados y santos arrepentidos. Nos gobiernan con viejas leyes ignorantes de la cotidiana realidad.

Un día de esos ante la azorada mirada de tus amigos hablas de hacerte cargo de tus errores para gozar de tus aciertos, y no tenés mejor idea que exiliar en el altillo a todos esos serios antecesores que te miran desde el seguro refugio de sus cuadros.

Asustados por ese psicótico brote de sinceridad tu mujer te pide hora con su analista. Después de diez sesiones de lacanianas enemas te hace entender que no sos culpable de nada. Esa inclinación a darte con una pala, es una tendencia genética heredada vaya a saber de qué antepasado. Que si a tu abuela le vendiste hasta la dentadura para comprar merca, no es tu culpa, no señor, de última es falta de diálogo con tus padres, que en eso de trabajar para pagarte la facu se olvidaron de dialogar.

Te quitan hasta la posibilidad de tener una insignificante culpa, aunque más no sea una cabronada, para saber por lo menos que por una vez en la vida hiciste algo por la tuya.

Te sentís como un retazo de hombre, yerba de mate lavado eso sos, y te das cuenta entonces que no podés hacer caer las hojas para arriba o triunfar como escritor, entonces cansado de no ser, decidís pasarte al bando de los que mandan, aunque mañana, que está anunciado lluvia, los que tengan que acompañarte al cementerio te puteen.

 

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