Cero días

domingo, 25 de noviembre de 2012 · 00:00

El siguiente es el cuento ganador (entre 4º y 6º años de Secundaria) del concurso literario organizado por el Instituto Verbo Divino. En ediciones siguientes se publicarán otros trabajos.

 

Voy corriendo, la camisa desbaratada y la corbata flameando cómicamente atrás mío. El piso de baldosas –creo que en limpieza, y por lo tanto húmedo-. Lo recorro todo, de punta a punta, pasando de largo la mesa de la recepcionista plagada de papeles y fotocopias de quién sabe qué repartidas por ahí casi aleatoriamente; y por supuesto, sentada, la Doña Laura, de unos sesenta años, con el teléfono de línea contra el hombro.

Gente de camisa y sacos caros caminan como cigüeñas por la estancia. Uno me saluda, pero no alcanzo a ver quién.

Trastabillo rápido y antes de caer me enderezo sin parar de correr con el inadecuado pantalón gris que amaga con rajarse de algún lado con cada movimiento brusco que hago.

Antes de llegar a la puerta, murmullo y ruido afuera. Mueca de dolor; ¡está lloviendo! Saludo al portero y abro la puerta por mi cuenta. Salgo disparado para la esquina. Ahí, una remisería.

El portafolios en mi mano baila con cada curva y salto para ahorrar escaleras, y hasta creo que lo llevé puesto contra la puerta cuando salí de las oficinas y cuando entré al remis.

-Alcanzame al Groëschender. ¡Rápido!

Así de brusco para indicarle al remisero, pone en marcha y sale disparado, o lo máximo que le permite el asfalto mojado.

Me late el corazón, el hospital Groëschender era conocido por su nivel y tecnología, pero estaba torpemente construido en plena ciudad, donde se le hacía difícil a cualquiera llegar a tiempo. A no ser que trabajara a diez cuadras de ahí.

Casi sin decirle nada al remisero, le pagué y bajé volando con un torbellino de pensamientos en la cabeza.

Entro. Las luces y la higiene contrarrestan el exterior lluvioso. Huelo. Olor a hospital, a muy buenas o muy malas noticias pero, ¿quién sabe?

La recepcionista, más joven y ordenada que Doña Laura, espera junto a la entrada a amigos de enfermos, enfermos y amigos y futuros padres y madres.

Espero inquieto dos infinitos turnos y me da, junto con dos caballeros de azul, medidas y objetos de seguridad. Me dan señas y números: segundo piso, izquierda, sala 218.

Voy, subo escaleras otra vez.

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