APUNTES DESDE LA OTRA VEREDA: Luz, cámara, corazón

domingo, 11 de noviembre de 2012 · 00:00

 

por Hernán Deluca

 

Diciembre, principio de los noventa. La hora de la siesta. Mi espalda pegada al piso. En el televisor, “Soñar, soñar”, la  historia más pura y conmovedora que vieron mis ojos. Carlos Monzón y Gianfranco Pagliaro poniéndole el lomo a la tristeza, a la violencia. Una fantasía en medio del infierno. Claro, yo no entendía esto cuando la miraba. O… entendía todo.

En la escena final, Mario y Charly, sus personajes, logran hacer su rutina de ilusión dentro de una celda. La película fue estrenada en marzo de 1976.

¿Qué puedo aportar a lo que ya se ha dicho? Poco y nada. Mis palabras son pequeñas al lado de aquel que estuvo cerca de su trabajo, codo a codo con el compromiso y la lucha. Lejos de sus últimos suspiros, silenciosos y finales. Soy, apenas, un espectador. Alguien que ha respirado con cada uno de sus fotogramas.

Pero, entiendan que debo hacerlo. Tengo que descargar, llorar con estas líneas de despedida. Poder decir que… No, despedida no. Estos tipos no se van, todo lo contrario. Construyen, incluso, en la ausencia. Las nuevas generaciones, esos jóvenes que brillan con alegría, a partir de ahora, se arrimarán a su mundo y descubrirán una sensibilidad nueva, poco transitada. Eso espero.

 

Y, es mentira que no estuve cerca. Porque, como aquellos que lloraron al enterarse de su muerte, estuve ahí, frente a la poesía de su cine, admirando cada gesto vivo de su pensamiento. Alimentándome con su mirada, con su dolor. 

Pero, es como haber soltado a quien te abrazaba. Así de triste.

La muerte de un artista como Leonardo Favio golpea y fuerte. Porque, no es (jamás diré era) de esos artistas que te maravillan con su arte. Eso sucede con la mayoría. Favio pertenece a otra categoría, excede el o las artes que desarrolla. Trasciende. Abraza, te rodea y te acompaña. Aunque no lo estés mirando ni escuchando, Favio está ahí. ¿Dónde? En todo. En la manera en que besás, en el grito que escuchás en la calle, en un amor torturado, en la pasión de las ideas, en la inevitable sangre que se pierde en el ring (la vida), en el blanco y negro de Derqui, en la siesta de verano, en la pelea, en el llanto, en la muerte contra una pared (seas Moreyra o Aniceto), en la sonrisa que ponemos cuando soñamos, en todas las lunas, en todos los ríos, en el Perón de mi viejo, en la canción de mi vieja.

 

No sé si hay una bandera, escudo o escarapela que simbolice la existencia de estos hombres y mujeres que definen a nuestra identidad. No lo sé. Pero estoy convencido que cuando un ser como Leonardo Favio deja este mundo, ese emblema se ilumina, adquiere mayor fuerza. 

Por esa luz, por todas tus canciones, por todas tus películas, por tu compromiso, por tus palabras, gracias compañero.

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