APUNTES DESDE LA OTRA VEREDA: El Actor

domingo, 28 de octubre de 2012 · 00:00

 

Por Hernán Deluca

 

 

 

Tres inolvidables escenas lanzadas sobre la hoja en blanco. 

“La misión” (1986, Roland Joffé). Rodrigo Mendoza está cumpliendo con un castigo autoimpuesto. Fueron tantas las malas acciones que, en silencio, pagará por cada una. Es el final y todo parece indicar que será el peor. Ahí está, en la selva misionera, marchando junto al Padre Gabriel, con la cruz en alto. Llegan las balas pero ni se inmuta, le pone el pecho. Una, dos, la sangre brota. Aguanta el dolor pero cae. La cruz en alto. No hay sufrimiento en su rostro, ni una mueca. La paz ha llegado.

“Stanley & Iris” (1989, Martin Ritt). Por no saber leer, a Stanley Cox se le complica la comunicación con el otro. Sus zapatos son esos que están en la estantería, junto a un par de botas de mujer. Los señala, guía su brazo hacia el lugar, pero el zapatero no entiende. Esos negros que están ahí, dice Stanley. Discúlpeme señor, ¿es su nombre el que figura en el papel? Stanley se enoja, salta el mostrador, toma los zapatos y se va sin pagar.

 

“Grandes esperanzas” (1998, Alfonso Cuarón). Con ropa de presidiario, aparece como un mecenas. Le pide al joven protagonista que lo ayude, que esa misma noche deben encontrarse junto al río así cortan los grilletes que rodean sus tobillos. La amenaza es tan fuerte que el chico accede. Esto sucede al comienzo y, hasta el final, no se verán las caras. En el desenlace, uno de los personajes comprenderá que toda su vida estuvo unida a esas cadenas.  

Ahora, ese cuerpo vuelve a estar en la pantalla. El actor eterno. Codeo al aire y controlo la alegría. Por suerte, nadie me ve. La cabeza platinada, la cara llena de arrugas, el lunar a un costado. ¿Lo ven? El gesto que conocemos. ¿Escuchan? Sus gritos, exclamaciones que se extrañan cuando manda el silencio, cuando la escena es de otro. Todo está en su lugar. Más viejo, es cierto, más cansado, también. No importa, ese es el rostro. Cierro los ojos y sigue apareciendo.

 

El heredero de Brando sigue tirando caños en nuevas vidas ajenas. La máscara que ni Lon Chaney Jr. podría igualar. Porque la grandeza no se maquilla. 

No, ¿qué hacés?, no pestañees, ese plano vale el precio de la entrada. ¿Lo captaste?

Robert De Niro fue el primer actor que me dejó dando vueltas, sin rumbo, en mi propia cabeza. Intentando comprender los límites. ¿Realidad? ¿Ficción? ¿Miente o dice la verdad? Es único; la cámara lo ama, lo abraza, lo besa, le pega, lo escupe, le grita y lo vuelve a abrazar. Él responde cada gesto.

Lejos, es el actor que más veces vi. Salvo un par de títulos, toda su filmografía palpita en mi memoria. Por eso estoy aquí, viendo “Luces rojas” (2012, Rodrigo Cortés), su nueva película. Ya sé que se repite, que el film no está a la altura de su trayectoria, que lo hace por la guita o para apoyar al director. Lo sé, pero. Pero yo le debo al tipo. Y, cada vez que aparece en pantalla acá estoy, con mis mejores galas, admirando su arte.

 

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